Es la flor a tu hermosura
grande y radiante
cuando el sol te apunta
vistes tus brazos de amarillo,
brillo firme,
pétalos erguidos.
Es que me recuerda a ti
como al calor de sus rayos, te abrazas.
Tallo fuerte y raíces bajas
pero de rostro ovalado
y grandes hojas.
Soy el galán de noche
que nunca podrá verte.
Tímido como luciérnaga
cohibido por los arbustos.
La luz de la luna es quien me abraza
entre sus blancas perlas, me secuestra.
Tú al día
Yo a las tinieblas
no verás mis flores resplandecer,
en la turgente naturaleza.
Día y noche nos separan.
Tan bella tú a la luz.
En la oscuridad mi aroma,
a todos acapara.
Esos somos tú y yo,
Anhelando vernos florecer
deseando ver nuestro mejor momento
Pero nuestra esencia nos separa
hermosa tú, llena de luz.
yo solo en la noche resplandezco.
Pensar que unos metros nos separan
un cúmulo de tierra y agua nos une
pero tú dormida en mis madrugadas
yo encorvado, por las nubes.
Nuestras raíces no se tocan
pero el recuerdo de tu rostro,
muestra el jardín donde te tuve.
«Señor Carisma», como llamaban al padre de José y Esaú. Paseaba de cuadra en cuadra publicitando y dando muestras gratis de sus ricos tamales a toda la ciudad. Era un hombre que mostraba tener una fuerte vena emprendedora y aunque su postura frente al gobierno de Castro fuera neutra, él sentía dentro de su interior la efervescencia idealista de todo emprendedor. Esa motivación extraña que solo tienen algunos seres humanos en esta tierra. Creen, con gran ilusión, que con un peso cubano pueden crear un negocio de miles y miles de dólares en Matanzas y, por qué no, en toda Cuba.
Este señor había hecho, del primer piso del departamento donde vivía con su familia, una pequeña cafetería llamada «Mi Deliciosa Ambición». No obstante, cuando llegaba de promocionar sus productos por toda la ciudad o por lo menos, hasta donde llegaran sus piernas y su energía, siempre encontraba a su niño, el mayor de los dos, sentado en una mesa para clientes, estudiando o haciendo sus deberes pre escolares. José le comentaba cuanto le gustaba ese sitio por que, aunque era el sueño de papá, había varias horas en las que el lugar estaba vacío, y por eso era más tranquilo para estudiar. No soportaba el llanto de su hermanito en el piso de arriba, él solo podía leer en lugares tranquilos.
Este hombre se caracterizaba por ser muy habilidoso, desde mecánica eléctrica o automotriz hasta cocina pasando por jardinería y carpintería culminando con educación y contabilidad. No había nada que el progenitor no pudiera hacer. Esa podría ser la razón por la que siempre fue un perfecto complemento para su esposa.
Una mujer que le gustaba mandar, dar órdenes y dirigir. En esos momentos tenia un bebe en brazos y otro aprendiendo a leer pero ella sabia que su destino era ser capitana, por lo menos, esa era su ambición. ¿De quién creen que fue la idea de darle ese nombre a la cafetería? Solo se estaba tomando un descanso mientras Esaú dejaba el pecho, para luego seguir siendo el sustento económico de su casa con sus habilidades de mando y comerciales. ¿Quién lo diría? En una relación jugamos diferentes papeles en todo momento. A veces debes servir y en otras ocasiones, ser servido. Pero esta forma de pensar, ¿puede degradarse? ¿Existe un justo equilibrio entre ambos papeles?
¡Que buen día hace, José! –le decía un padre expectante a su hijo.
José se quedaba callado ya que no sabía qué decir. Cómo determinar cuándo un día es bueno o malo si recién ha comenzado. -pensaba el niño.
¡A trabajar! Vamos primero por la calle donde está la comisaría. –indicó el padre.
En la comisaría.
El regordete y viejo comisario Gonzales tosía en su oficina tapándose la boca con un pañuelo, para que nadie viera las pequeñas gotas de sangre que salían de su garganta, mientras realizaba una gran respiración y decía:
¡Al fin! Falta poco para jubilarme. – hizo una pausa.
Oíste eso no, ¿Andrade? – Aumentando el volumen de la voz para que el sub comisario y el secretario Andrade, con quienes compartía oficina, escucharan.
¡No señor! Usted estará aquí siempre, ¡señor! –Exclamaba de pie y asustado, un inocente e ingenuo oficial Andrade.
¡Acaso eres idiota! –mostrando un rostro serio y duro durante tres segundos mientras lentamente se esbozaba una sonrisa entre él y el sub comisario. Una sonrisa la cual se convertía en risas y pasado unos segundos más, en una estruendosa carcajada.
¡Jajajajaja! – se reía mientras tosía el viejo comisario acompañado por las risas del segundo al mando.
¡Me vas a matar de la risa, Andrade! ¿Para qué quiero quedarme en este mugrerío? Ya son demasiados años en este servicio. –replicó el viejo policía.
Escúchenme bien ustedes dos ¡Y esto es una orden! – exclamó el viejo guardián.
Tal vez de las últimas ordenes que no tengan que ver con casos policiales. – reflexionó Gonzales.
«No todo en la vida es trabajo. No quiero estar aquí para siempre. Quiero irme con mi señora a descansar. – dijo el comisario.
No se donde, todavía. Tal vez Miami, La Habana o Europa, no lo sé. Pero de que me voy, ¡me voy! – exclamó.
La agarraré de las manos, le besaré la frente, me sentaré a su lado a ver el paisaje, ya sean las olas en un balneario o el verde campo del pueblo pero me iré a vivir tranquilo y en paz con mi viejita. – dijo con voz calmada el cansado, viejo y sabio comandante Gonzáles, mientras veía en los dos hombres que compartían con él la oficina, a los hijos que nunca pudo tener.»
¡Así que, se me dejan de estupideces! ¡Pónganse a trabajar! No voy a dejar esta oficina hasta que la ciudad esté en orden. – sonreía ligeramente.
¡Si señor! – gritaron al unísono el sub comisario y el joven secretario Andrade en la oficina principal dentro de la comisaría, contemplando las palabras de un viejo león, un líder autentico, un orgullo para esa institución.
Pasadas las horas cuando estaban a punto de cambiar de guardia y solo se iban a quedar los que, por cronograma, les tocaba hacer el turno nocturno y el resto salía a hacer su patrullaje habitual antes de caer la noche en el sector. Gonzales, al ver a un joven Ernesto Andrade, quien no dejaba de trabajar ni siquiera para ir al baño, se acercó sutilmente a decirle:
Oíste no, ¿Andrade? – Pero esta vez, con una voz suave y calmada.
Ya terminó tu turno y mañana estas de franco – le dijo el comisario.
Si señor. – contestó el secretario.
Entonces vete. De nada sirve que seas un buen policía sino eres un hombre feliz. Búscate una buena mujer, ten hijos. Y encuentra tu motivación para proteger esta ciudad. – añadió el comisario antes de sacar una cajetilla de cigarrillos de su bolsillo y ponerse a fumar un rato.
Lo intentaré señor. – Se levantó Ernesto, se puso su casaca policial, recogió su boina y salió de la comisaría.
Al día siguiente, en su día de franco, el sub comisario llamó a Andrade para decirle que él ocuparía el cargo de comisario interino, hasta que se recuperara Gonzales. Al parecer lo habían internado en la noche, en el Hospital «El Bendito Socorro» debido a un problema respiratorio. Al parecer, tenia cáncer.
José estudiaba en su pequeña sala/comedor en tanto se escuchaban los ronquidos de Esaú desde su habitación. Hacía una pequeña pausa y, más calmado, pensaba -Sé que no es un mal chico, de hecho, es muy habilidoso para su edad. Él fue capaz de sacar la radio de ese auto sin hacer sonar la alarma. Cómo quisiera pasar más tiempo con él. –reflexionaba.
Bogotá
Claro que sí amiga. Le dije que era su última oportunidad para llevarse la promoción exclusiva que sacamos este mes. -se escuchaba radiantemente la voz de una mujer hablando por teléfono a su máxima velocidad y con bastante efusión.
¿Qué? Claro que sí, pero no importa. Todos los años hacemos lo mismo. Siempre lo comprarán. – continuó hablando dicha mujer, pero solo se oye su fuerte voz, más no lo que dice su interlocutor.
Este mes obtendré ciento sesenta por ciento sobre la meta que me pusieron en el segundo trimestre pero, estamos a un “pelín” de lograr el ochenta por ciento sobre los resultados del año pasado. – comentaba la señora.
Obvio que voy a pedir un aumento. ¡Estos resultados no te los consigue nadie!
Lo sé, soy lo máximo. «Alboroto el gallinero» en toda la ciudad. – pronunciaba soberbiamente.
Pero con calma mi preciosa. ¡Tú también lo eres! – se reía en tono un poco burlesco.
Lo vas a lograr, trata de imitarme. Tienes que hacer esto… – continuaba la conversación.
Desde el jardín se escuchan unos gritos:
¡Amor! ¡Mira cómo van creciendo mis hortalizas! – Habló el esposo.
¡Corta por donde yo te he dicho animal! – Y a la par, tenía tiempo para llamarle la atención al jardinero.
La extravagante mujer caminaba al jardín para ver a su esposo mientras requintaba:
¡Qué bruta es esta mujer! Tengo que decirle todo lo que tiene que hacer. No creo que logre alcanzarme. – mientras daba un pequeño y satisfactorio suspiro al saber que nunca la alcanzarían.
¡Qué lindas están quedando tus flores, amor! –exclamo la reina en ventas de todo Bogotá.
No olvides que tienes que ver mis muebles, llevar el Mercedes al taller, pagar la tarjeta de crédito, recoger mi abrigo, sacar a los cachorros, pagarle al jardinero, ver los muebles nuevos, etc. – daba una lista interminable de tareas que tenía que realizar el esposo en el día. Como si de un «Boy Scout» se tratara.
Aunque él hacía las tareas a regañadientes, sabía que tenía que mantener contenta a su fuente de dinero. Muy de vez en cuando se preguntaba si era esposo o mayordomo, quien se había casado con ella. Aunque ese pensamiento pasaba por su cabeza más rápido que la máxima velocidad que podría dar esa lujosa camioneta Mercedes del año, valorizada en más de doscientos cincuenta mil dólares.
Esta mujer se dirige a su habitación rápidamente con la intención de ponerse una bata para bañarse ya que consideraba que, debía darse un salto por las oficinas de su empresa, aunque sea para saludar a su jefe.
Abriendo la puerta y pasando a su habitación choca intempestivamente con la esquina de una mesa de noche pequeña con cajoneras. De repente, por el impacto del accidente, el primer cajón se ve forzado a abrirse y una pequeña y vieja imagen, más pequeña que una postal, se vislumbra por la abertura del cajón. Esta exitosa mujer de negocios logra comprimir sus pupilas para ver una pequeña parte de la imagen por lo que se olvida del dolor en la pierna.
Se sienta en el piso alfombrado, abre el cajón completamente y levanta la fotografía. En esa imagen solo se podía ver a una mujer joven y delgada, de aspecto humilde, vestida con un polo blanco grande y un jean, sentada en el piso con dos niños. Uno a cada lado, pero esbozando una sonrisa genuina y transparente.
Esa imagen transmitía una ternura que solo proviene de un amor puro y sincero, como cuando sabes que la felicidad es algo que nace de tu interior y lo transmites a dos pequeñas criaturas. Dos niños que compartieron contigo años de plena dependencia y devoción hacia su heroína. Una imagen que estuvo escondida tras varios años en ese cajón, tal vez incómoda para una pareja solitaria, llena de lujos y caprichos. Sin embargo, esta mujer no sintió que las lágrimas corrían por sus mejillas hasta que las vio caer en la alfombra, mojando su hermoso piso, arruinando el decorado del suelo.
Muchacho enclenque de tan solo catorce años, cada día más «tela» – como decimos por acá. Fue víctima constante de los abusos de un padre sumergido en las drogas. Se escapó de lo que no sé si se podría llamar hogar, pero el punto es que huyó. Corrió lo más rápido que pudo y una vez cerrada la puerta, no dió marcha atrás, ni siquiera giró la cabeza para ver de reojo. Prefería mil veces ver el mundo con sus propios ojos de superviviente antes de volver a esas cuatro paredes donde casi cada día era golpeado e insultado por este nefasto tutor. Manuel siempre estuvo convencido de que las segundas oportunidades no existen y que, si cerraba esa puerta sucia, de un tenue color amarillo pastel, y «volaba»; ya no volvería. Pero para él valía la pena correr ese riesgo que seguir sufriendo en esa prisión.
Y pensar que una vez todo fue «normal». – pensaba Manuel.
Pero te tuviste que meter con él, mamá. – decía mirando al cielo.
¿Tal era tu angustia por no poder vivir sola? ¡Los dos juntos pudimos haber salido adelante! ¡¿Por qué lo hiciste?! ¿Por qué? – se preguntaba amargamente el pequeño hombrecito mientras sus primeras lágrimas recorrían su delgado rostro.
Regresando a la comisaría
¿Qué haces acá? ¡Idiota! – exclamó José enfurecido. Pensé que estabas en casa, faltaba poco para acabar la clase e iba para allá. ¿Tienes idea de la vergüenza que me has hecho pasar? -golpeando la mesa.
José estaba irreconocible, furioso. Le hervía la sangre con tal fervor que el comisario Andrade solo contemplaba la escena, con la intención de saber cómo esto acabaría. No podía creer que el chico tan cabizbajo y flacucho que encontró en la universidad se había transformado en una persona tan seria, se había llenado de tanta energía. Parecía que las venas de su frente iban a explotar.
Se nota que se preocupa por su hermano -pensó el comisario.
No viendo a los ojos y con un poco de desdén, Esaú respondía: Perdí pues. El gordo me atrapó -dijo suspirando.
¡Caracho! con los buenos pesos que me hubieran dado por ese estéreo. -suspiró nuevamente.
Bueno, -levantándose de la silla.
Ahora que ya viniste a recogerme, vámonos. Soy menor de edad así que la policía no me puede encerrar en el calabozo, solo estamos aquí para que nos amedrente. -dedujo Esaú de manera insolente y retadora.
¡¿Acaso te golpeaste la cabeza?! -exclamó José.
No puedes robar nada, de ningún auto ni de ningún lugar. ¡No voy a estar trabajando y estudiando para mantener a un delincuente!
Ellos no hubieran querido esto. -tras una triste y calmada pausa dijo.
Mamá, Papá – se lamentó en voz alta José.
¡¡Cállate!! – elevando la voz y con una expresión amarga en el rostro -habló Esaú.
¡No sabes lo que ellos querían, yo no lo sé, nadie lo sabe! ¡Nos abandonaron porque nosotros nunca estuvimos dentro de lo que ellos querían! Si nos quisieran en sus vidas no estaríamos viviendo en este barrio de mierda. ¡Idiota! -se exasperó amarga y tristemente Esaú.
José estaba apunto de darle un golpe en la cara, descargando su cólera, cuando Andrade se interpuso entre ambos y con ronca pero firme voz exclamó:
¡Se me calman los dos! ¡¿Dónde carajos creen que están?! -gritó resonando en toda la comisaría.
No me importa de quién ¡coño! están hablando, ni entiendo como una persona que parecía tan calmada como tú, José, se ha puesto tan revoltoso. – mirando a José.
Y tú, Esaú, te he visto jugar en las calles echando agua a los vecinos con una manguera cuando eras un chamaquito. Y nunca me molestó, pero ahora -calmando la voz y atenuándola con un poco de pena.
«¿Quién eres?» No necesitas robar si necesitas dinero. No eres un ladrón. ¡No te quiero volver a ver por acá! Termina el colegio y luego busca que hacer, incluso aquí nos falta alguien que nos saque las fotocopias o nos apoye en otros mandados. – esbozando una muy ligera sonrisa tratando de calmar el ambiente.
¡Váyanse! -exclamó el comisario.
Devolveremos la radio a su dueño y, por esta vez le diré que no encontramos al ladrón. Puedes irle diciendo al flacucho ese de tu amigo que, si lo veo. – frunciendo el ceño fuertemente y con voz amargada.
No respondo – concluyó Andrade.
Perdón señor – dijo José. Esaú solo lo miró amargamente, giró su cabeza hacia la izquierda y optó por callar, mostrando desinterés por sus palabras.
Andrade
Siendo oficial, a los veinticinco años de edad, patrullaba los barrios de Matanza, ciudad y lugar que lo vio nacer, con la intención de «limpiar las calles» creyendo a su corta edad que el mundo es plano. Creyendo que solo existía negro y blanco, bien y mal; y que, como cualquier adulto inmaduro, con complejos de «superhéroe» cambiaría su barrio, mejoraría su ciudad. Con el paso del tiempo, su disciplina y buena actitud frente a las órdenes de sus superiores lo llevaron a subir de rango hasta llegar a comandante a los treinta y dos años y máxima autoridad de la comisaría número diecisiete de la región sur de Matanzas, teniendo a su cargo más de veinte oficiales entre las subunidades de: Resguardo policial, seguridad ciudadana, control de tránsito, entre otros.
Él actualmente, con un bigote pronunciado, un poco subido de peso, sobretodo en la parte abdominal, y adicto a los cigarrillos para calmar su ansiedad, cuenta a los alférez de su comisaría que la vida solo tiene un color, y ese es el gris. Por eso es que debemos analizar con prudencia, criterio y mesura cada caso. Los oficiales más antiguos, pero de menor rango, siempre se preguntan, en qué momento cambió su percepción de las cosas, el comisario, y qué lo llevó a ser, ahora, una persona más sabia. Mientras los nuevos miembros que ingresaban a la comisaría pensaban encontrarse con una leyenda «atrapa criminales», quedando decepcionados por lo que encontraban.
Ernesto Gabriel Andrade Paz conoció a los hermanos García Hernández por una particularidad un poco similar a la que acabamos de acontecer, sin robos de por medio, obviamente. Puede leer a esos dos muchachos tan claramente como los fideos con forma de letras en una sopa caliente de carne, a la hora del almuerzo, en una tarde fría de invierno en «La ciudad más alegre de Cuba». Sin embargo, evita aparentar que los conoce, evita encariñarse con ellos. No quiere exponerlos ante las habladurías de la zona que vigila. Tal vez, ese hombre con poco cabello y un poco panzón ha encontrado en todos los jóvenes de Matanzas un poco de esperanza, sin importar la situación por la que estén pasando.
Ese policía, soltero, serio y con cara de pocos amigos, sabe que cada uno de esos chamacos se comporta de acuerdo a cómo se siente, viviendo su difícil realidad cubana, pero se ve así mismo en todos ellos y cree que todavía hay esperanza.
¿Qué tanto harán en Bogotá? ¿Por qué no vienen por ellos? – se preguntó.
¡Ves! Te dije que era fácil —se pronunció Manuel, susurrando.
¡Cállate, idiota! Yo soy el que está intentando hacerlo sin que este carro grite —le respondió Esaú.
De repente, un sonido: «Clic» se escuchó detrás del estéreo. El aparato había sido desconectado del vehículo y, hasta ese momento, la alarma había permanecido en pausa. Ambos chamacos se miraban a los ojos mientras las risas nerviosas pero de satisfacción brotaban de sus rostros.
Saliendo del automóvil y despistados, por el logro de la incorrecta hazaña, no perciben que un carro de policía dobla por la esquina, hacia la calle donde se encontraban. Al verlos corriendo con el equipo electrónico en mano, encienden la sirena y les gritan que se detengan. Mientras que el oficial al volante, pisando el acelerador, aumenta la velocidad.
Por otra parte, José atendía la clase de econometría básica mientras su estómago no dejaba de interrumpir su concentración debido al hambre que sentía a esa hora. «Nadie dijo que fuera sencillo trabajar de día y estudiar de noche con solo una sopa de frejoles negros en el estómago» -pensó, pero no le quedaba más opción que seguir adelante. Debía mantenerse firme en esos momentos y concentrarse en las palabras del profesor. Los alumnos a sus espaldas no podían contener la risa por los sonidos que emanaban del estómago de José, y aunque también él los escuchaba, no iba a permitir que eso distrajera su atención en la clase.
RUCC
La Real Universidad Católica de Cuba, o por sus siglas «RUCC», como también la llamaban en la región de manera popular, inició sus actividades en 1983 con el apoyo de inversionistas simpatizantes de la iglesia católica, filántropos concienciados con la educación para los tercermundistas y un poco de ayuda por parte del gobierno. El «presidente» Castro creía que de esta manera el prestigio académico no sólo reconocería a las universidades «imperialistas» anglosajonas sino además a las escuelas comunistas, y a su vez, vociferaba subliminalmente que la iglesia no estaba desterrada de su país, ni enemistada con su gobierno. A pesar de que nunca se ha visto la palabra «iglesia» y «comunismo» relacionadas diplomáticamente en una misma oración. Esta institución era una de las más prestigiosas de la ciudad de Matanzas, donde solo podían ingresar los hijos(as) de personas de poder gubernamental, adquisitivo y social o un pequeño grupo de marginados, personajes mixtos, quienes por una u otra razón, habían aplicado al pequeño programa social de becas con el cual podrían obtener un cuarto, media o beca completa para estudiar ahí. Su única condición era no disminuir su promedio ponderado. Está de más recalcar el abuso que se cometía hacia este grupo pequeño de individuos. Jóvenes de mentes brillantes, pero de vestimenta humilde sin respaldo social entre ellos y una élite que no necesitaba estudiar pero son obligados por sus padres a tener una vida «humildemente acomodada», lujosa y llena de excesos. Solo necesitaban un título para seguir viviendo de las riquezas de sus padres con un cargo grandilocuente en sus empresas familiares.
El altercado.
No paraban de sonar las agujas del reloj. «Tic, toc, tic, toc» Faltaban dos minutos para que terminara la clase, cuando se escuchó por el altoparlante: «Señor José Rafael García Hernández de la Facultad de Economía, acérquese a la oficina de Secretariado Académico. Repito, señor José Rafael García Hernández de la Facultad de Economía, acérquese a la oficina de Secretariado Académico.»
Uuuuuuuuuu –se mofaban los alumnos.
¿Que paso? ¿Que hizo? jajaja ¿Lo van a votar por pobre? -murmuraban los crueles alumnos.
José no entendía qué pasaba, pero salió raudo hacia la oficina de Secretariado Académico para averiguar el porqué de esa llamada tan intempestiva. Cuando llegó a esa zona, encontró al comandante Andrade y a la joven secretaria del decano de su facultad esperándolo.
¿Es usted el Sr. García? –preguntó el comandante.
Si –respondió suave y nerviosamente José mientras permanecía incrédulo ante la situación.
¡Acompáñeme de inmediato a la comisaría! Tenemos a su hermano y quisiera decirles un par de cosas a los dos. Miró suspicazmente a la joven y agraciada secretaría académica y dijo: Con el permiso de la señorita, pasando saliva, no me atrevo a decir esto delante de una dama.
¡Andando! – exclamó el comandante de la comisaría número diecisiete de la región sur de Matanzas.
José subió a la «patrulla» policial mientras los estudiantes cercanos a la salida lo veían atónitos preguntándose morbosamente qué es lo que habría pasado.
Llegando a la comisaría, Andrade abre la puerta de la sala de interrogatorios donde Esaú se encontraba solo y sentado en una de las sillas. Esaú ve que la manecilla gira y la puerta se abre, ingresando el comandante Andrade. Sin embargo, vislumbra que a sus espaldas estaba José, muy enojado, molesto, con el rostro enrojecido de ira y a punto de gritarle. Pero Esaú, sin modestia alguna y con una ligera sonrisa en la boca, dice alegre, medio cantando, tierna y desvergonzadamente: «Hermanito».