El hombre que compraba sonrisas / The man who bought smiles

El hombre que compraba sonrisas / The man who bought smiles

Él nació entre números que sumaban fortunas y paredes que susurraban promesas de grandeza. Desde joven, entendió que el mundo era una transacción: él daba riquezas, y a cambio recibía admiración. Construyó imperios, compró atardeceres desde rascacielos y regaló joyas que brillaban más que los ojos de quienes las recibían. Creía que así se compraba la felicidad… ajena.

Pero las sonrisas que financió se esfumaban tras puertas cerradas. Los abrazos eran deudas disfrazadas de cariño, y los elogios, monedas gastadas que ya no tenían valor. Comenzó a notar el silencio en su mansión: eco de salones vacíos, fantasmas de risas prestadas y el crujir de su propia alma resquebrajándose.
Intentó llenar el vacío con más donaciones, más fiestas, más gente alrededor… pero eran espejismos. El ruido ahogaba momentáneamente el susurro de su soledad, pero al final de la noche, siempre quedaba solo. Con el tiempo, el vacío en su pecho se volvió tangible: un agujero negro que devoraba toda la luz que intentaba entrar.

Una madrugada, frente al espejo de su suite con vista a la ciudad, vio por primera vez la herida que nunca sangró por fuera, pero que por dentro lo desangraba gota a gota. No era un vacío, era una hemorragia de ausencias. Aquellos por los que lo dio todo nunca estuvieron allí para contener el naufragio de su alma. Y entonces entendió: había muerto en vida, ahogado en un océano de indiferencia.

Lo encontraron días después, recostado en su sillón favorito, con una calma eterna en el rostro. No había violencia física, solo el rastro metafórico de una herida invisible: el vacío lo había desangrado por completo. En su testamento, donaba toda su fortuna a fundaciones contra la depresión. Ironía final: en muerte, dio más de lo que nunca recibió en vida. Y en vida dio todo por quienes nunca se interesaron en mostrarle una pizca de interés.


He was born among numbers that added up to fortunes and walls that whispered promises of greatness. From a young age, he understood that the world was a transaction: he gave riches, and in return, he received admiration. He built empires, bought sunsets from skyscrapers, and gave away jewels that shone brighter than the eyes of those who received them. He believed that was how happiness was bought… for others.

But the smiles he financed vanished behind closed doors. The hugs were debts disguised as affection, and the praise, worn-out coins that no longer had value. He began to notice the silence in his mansion: echoes of empty halls, ghosts of borrowed laughter, and the creaking of his own soul breaking apart.
He tried to fill the void with more donations, more parties, more people around… but they were mirages. The noise momentarily drowned out the whisper of his loneliness, but at the end of the night, he was always alone. Over time, the emptiness in his chest became tangible: a black hole that devoured all the light that tried to enter.

One morning, in front of the mirror of his suite overlooking the city, He saw for the first time the wound that never bled on the outside, but that inside was bleeding him dry drop by drop. It wasn’t a void, it was a hemorrhage of absences. Those for whom he gave everything were never there to stem the sinking of his soul. And then he understood: he had died in life, drowned in an ocean of indifference.

They found him days later, reclining in his favorite chair, with an eternal calm on his face. There was no physical violence, only the metaphorical trace of an invisible wound: the emptiness had bled him dry. In his will, he donated his entire fortune to foundations against depression. The final irony: in death, he gave more than he ever received in life. And in life, he gave everything for those who never cared to show him even the slightest bit of interest.

Un cuento de sentimientos.

Un cuento de sentimientos.

El amor y el resentimiento compartían habitación en la zona de reposo del área de cuidados intensivos de una clínica. Ambos estaban siguiendo un tratamiento de quimioterapia intensivo, con la finalidad de salvarles la vida. Al resentimiento le había tocado la cama cerca a la puerta mientras el amor reposaba en la cama cerca a la ventana.

Todos los días el resentimiento le preguntaba al amor:

  • ¿Que ves por la ventana? Solo llego a sentir una pequeña brisa que llega hasta mí.
  • Veo un parque inmenso, lleno de hermosas flores y pequeños árboles. El arbusto decorado en forma de corazón y al centro una pequeña pileta donde algunas parejas se sientan conversar y darse uno que otro tierno beso.
  • ¿Todo eso ves? «preguntó el resentimiento»
  • ¡Sí! Y no me lo vas a creer, pero el parque es mas hermoso cuando le caen los rayos del sol, tanto asi que vienen cisnes a posarse en la pileta y llegan niños a jugar, corriendo y saltando por doquier con sus padres.
  • ¿En serio ves eso? «volvió a cuestionarlo el resentimiento»
  • Asi es. Qué hermosa vista. Se puede ver a las personas felices y sonrientes, llenos de alegría y con muchas ganas de vivir.

No había día en el que esta conversación no se repitiera. Todos los días el resentimiento le preguntaba al amor sobre las cosas que él veía a través de esa ventana.

Hasta que un día el resentimiento empezó a llenarse de enojo. Él también quería ver esas maravillas que el amor le describía con tanta euforia. Y en ese momento se empezó a cuestionar:

¿Por qué estoy postrado aquí y no allá? ¿Por qué no me pudieron poner en esa cama? ¿Qué tiene el amor que no tenga yo?

Conforme pasaban los días, los celos y pensamientos negativos del resentimiento se hacían mas fuerte, su semblante se mostraba disconforme, ansioso y molesto. Ya no quería hablar con el amor ni preguntarle sobre lo que veía a través de esa ventana. Sus sentimientos de una sana curiosidad se habían convertido en una profunda amargura hacia lo que él creía era un beneficio para su compañero.

Días mas tarde, el ambiente en la habitación se mantenía tenso y el amor no dejaba de toser, de sentirse enfermo cada día más. La quimioterapia no hacia el mismo efecto en él. Sus análisis mostraban resultados negativos. A pesar de los esfuerzos de los médicos, el amor seguía empeorando y su vida iba decreciendo hasta que, en un fatídico día, muere. Algunos doctores pensaron que tal vez fue un virus intrahospitalario. ¿Qué se yo?

El resentimiento se encontraba solo en la habitación, ya no tenia nadie con quien conversar que no fuera del cuerpo médico. Y, en ese momento, se le ocurrió que era una buena idea solicitar su cambio de cama. Pasar a la zona cerca a la ventana. Los médicos no tuvieron problema, parecía una solicitud loable para alguien que está atravesando una quimio. Asi que aceptaron.

Cuando el resentimiento pudo echarse en la nueva cama cerca a la ventana y al fin ver las maravillas que tanto le había narrado el amor. Se topó con que frente a la ventana había una muralla de ladrillos. Ni parque, ni flores, ni cisnes en piletas, no había parejas besándose y sonriendo ni niños jugando con sus padres.

El amor había estado hablándole de imágenes bellas que salían de su mente. Probablemente con la intención de que el resentimiento se sintiera mejor, animarlo y darle fuerzas para vivir. De esa manera, podrían superar este tratamiento y salir juntos del hospital. El amor solo pensó en darle ánimos, pero el resentimiento se llenó de envidia, empezó a creer que el otro era más afortunado que él y lleno su corazón de celos e ira.

Moraleja de esta historia: No cargues con cosas que puedes habértelas creado en tu mente o que pueden ser simples sucesos del destino, incontrolables, si eso va matando lentamente tu ánimo, tu amor. Tal vez no sepas el tremendo trabajo que tu amor está haciendo en ti para sanarte.

Extracto parafraseada del mensaje: Acuérdate de Perdonar.

Dante Gebel
Photo by cottonbro studio on Pexels.com