- ¡Ves! Te dije que era fácil —se pronunció Manuel, susurrando.
- ¡Cállate, idiota! Yo soy el que está intentando hacerlo sin que este carro grite —le respondió Esaú.
De repente, un sonido: «Clic» se escuchó detrás del estéreo. El aparato había sido desconectado del vehículo y, hasta ese momento, la alarma había permanecido en pausa. Ambos chamacos se miraban a los ojos mientras las risas nerviosas pero de satisfacción brotaban de sus rostros.
Saliendo del automóvil y despistados, por el logro de la incorrecta hazaña, no perciben que un carro de policía dobla por la esquina, hacia la calle donde se encontraban. Al verlos corriendo con el equipo electrónico en mano, encienden la sirena y les gritan que se detengan. Mientras que el oficial al volante, pisando el acelerador, aumenta la velocidad.
Por otra parte, José atendía la clase de econometría básica mientras su estómago no dejaba de interrumpir su concentración debido al hambre que sentía a esa hora. «Nadie dijo que fuera sencillo trabajar de día y estudiar de noche con solo una sopa de frejoles negros en el estómago» -pensó, pero no le quedaba más opción que seguir adelante. Debía mantenerse firme en esos momentos y concentrarse en las palabras del profesor. Los alumnos a sus espaldas no podían contener la risa por los sonidos que emanaban del estómago de José, y aunque también él los escuchaba, no iba a permitir que eso distrajera su atención en la clase.
RUCC
La Real Universidad Católica de Cuba, o por sus siglas «RUCC», como también la llamaban en la región de manera popular, inició sus actividades en 1983 con el apoyo de inversionistas simpatizantes de la iglesia católica, filántropos concienciados con la educación para los tercermundistas y un poco de ayuda por parte del gobierno. El «presidente» Castro creía que de esta manera el prestigio académico no sólo reconocería a las universidades «imperialistas» anglosajonas sino además a las escuelas comunistas, y a su vez, vociferaba subliminalmente que la iglesia no estaba desterrada de su país, ni enemistada con su gobierno. A pesar de que nunca se ha visto la palabra «iglesia» y «comunismo» relacionadas diplomáticamente en una misma oración. Esta institución era una de las más prestigiosas de la ciudad de Matanzas, donde solo podían ingresar los hijos(as) de personas de poder gubernamental, adquisitivo y social o un pequeño grupo de marginados, personajes mixtos, quienes por una u otra razón, habían aplicado al pequeño programa social de becas con el cual podrían obtener un cuarto, media o beca completa para estudiar ahí. Su única condición era no disminuir su promedio ponderado. Está de más recalcar el abuso que se cometía hacia este grupo pequeño de individuos. Jóvenes de mentes brillantes, pero de vestimenta humilde sin respaldo social entre ellos y una élite que no necesitaba estudiar pero son obligados por sus padres a tener una vida «humildemente acomodada», lujosa y llena de excesos. Solo necesitaban un título para seguir viviendo de las riquezas de sus padres con un cargo grandilocuente en sus empresas familiares.
El altercado.
No paraban de sonar las agujas del reloj. «Tic, toc, tic, toc» Faltaban dos minutos para que terminara la clase, cuando se escuchó por el altoparlante: «Señor José Rafael García Hernández de la Facultad de Economía, acérquese a la oficina de Secretariado Académico. Repito, señor José Rafael García Hernández de la Facultad de Economía, acérquese a la oficina de Secretariado Académico.»
- Uuuuuuuuuu –se mofaban los alumnos.
- ¿Que paso? ¿Que hizo? jajaja ¿Lo van a votar por pobre? -murmuraban los crueles alumnos.
José no entendía qué pasaba, pero salió raudo hacia la oficina de Secretariado Académico para averiguar el porqué de esa llamada tan intempestiva. Cuando llegó a esa zona, encontró al comandante Andrade y a la joven secretaria del decano de su facultad esperándolo.
- ¿Es usted el Sr. García? –preguntó el comandante.
- Si –respondió suave y nerviosamente José mientras permanecía incrédulo ante la situación.
- ¡Acompáñeme de inmediato a la comisaría! Tenemos a su hermano y quisiera decirles un par de cosas a los dos. Miró suspicazmente a la joven y agraciada secretaría académica y dijo: Con el permiso de la señorita, pasando saliva, no me atrevo a decir esto delante de una dama.
- ¡Andando! – exclamó el comandante de la comisaría número diecisiete de la región sur de Matanzas.
José subió a la «patrulla» policial mientras los estudiantes cercanos a la salida lo veían atónitos preguntándose morbosamente qué es lo que habría pasado.
Llegando a la comisaría, Andrade abre la puerta de la sala de interrogatorios donde Esaú se encontraba solo y sentado en una de las sillas. Esaú ve que la manecilla gira y la puerta se abre, ingresando el comandante Andrade. Sin embargo, vislumbra que a sus espaldas estaba José, muy enojado, molesto, con el rostro enrojecido de ira y a punto de gritarle. Pero Esaú, sin modestia alguna y con una ligera sonrisa en la boca, dice alegre, medio cantando, tierna y desvergonzadamente: «Hermanito».