Memories of a day in pandemic.

Memories of a day in pandemic.

September 8, Third year of the pandemic.

The prices of the basic basket rise more and more in Latin America. Lemon, sugar and rice have increased their prices by one hundred and fifteen percent. People who cook, whether to feed their family or for work, are running out of ideas for the daily menu.

We have a minister of economy who only talks nonsense through the media and an absent president, who only shows up when it comes to social works to boast of her image.

The morning news only shows the empty streets of the city, the hospitals with long lines of patients and/or the violent strikes of one or another union of workers fighting against the police force.

I get out of bed and leave my room to go to the kitchen to get a glass of water, hoping it’s drinkable, while I watch my father watch the news complaining about the government. – One knows that this is common in elderly people. -My mother, covered with a mask, washes the dishes that we left dirty the night before, while she listens to the bad moods of her old husband in front of the television.

The three of us have been marked with the vaccine against the plague that plagues the world. I have three stripes on my arm symbolizing the three doses that correspond to my age, while my father and mother have five and four respectively.

12:00

Today it’s time to go to the market to buy more supplies. My father can’t go because of his age, he could and he wouldn’t want to, but we don’t let him. We get tough on him when we make these decisions. – I know it would be ugly to die from asphyxiation, perhaps one of the worst deaths there could be. But, it doesn’t matter to me, it’s not that I have much desire to continue existing in a society as rotten as the virus that harasses us. –

Welcome to Latin America!

14:00

I arrive from the supermarket carrying around eight bags in my hands, bringing basic foods such as potatoes, onions, tomatoes, rice, sugar, among others. I only had to walk about three blocks from where I bought them, although it seemed longer because of the bright sun that kept making me sweat.

As soon as I arrive, my younger sister is waiting for me with a hose in hand to perform a very archaic disinfection process on me. – It’s like a double bathroom. -I leave the supplies in a tray so that they can be disinfected with alcohol by my mother, while my sister sprays me with pressurized cold water to get rid of any «polluting agent» that she may bring in from the street. – It is surprising that I have not caught a cold to date. –

We had lunch in silence in the kitchen, while we continued watching the news from our beloved tabloid press. It seems that these gentlemen were paid much more, for ruining the lunch of all the families in the country, putting depressing images on the television.

We only see robberies, assaults and scams. One or another politician blaming another political group; which, in turn, they define as «doing politics», blaming them for the current situation and vociferating that with them in power this situation will be different. Then to soothe the endless social depression they give us some sports for dessert, to stoke the little hope that is in our hearts. – As if goals healed people -.

A very famous doctor in the media, recommends not getting depressed and having a good mental system so as not to fall into this terrible disease while the other hours of the day fill our heads with anguish and make us crave for not knowing what will happen tomorrow .

16:00

Bored of being locked up in my room playing video games, I go out to the door of my house to get some air. I breathe while I see how the dust covers the electrical cables on the roofs of each homes.

I return to the kitchen, only to realize that my parents are resting in their room and they probably plan on not coming back downstairs until tomorrow. I drink a glass of water and return to my room to see if I can entertain myself with a serie on streaming.

20:00

A commotion is heard in the distance that grows as more neighbors join in on this bustle. Society decided to hit a pot with a ladle as a sign of solidarity towards the professionals who are on the front line of battle. Doctors, Nurses, Police and Firefighters who have to deal with the incidents of confinement. This collective hubbub lasts for about fifteen minutes and then everything falls silent again. -It seems that today will once again be a day to go to bed early, a day to forget. –

La Realidad Egoísta (5)

La Realidad Egoísta (5)

Años atrás.

  • ¡Que buen día hace, José! –le decía un padre expectante a su hijo.
  • José se quedaba callado ya que no sabía qué decir. Cómo determinar cuándo un día es bueno o malo si recién ha comenzado. -pensaba el niño.
  • ¡A trabajar! Vamos primero por la calle donde está la comisaría. –indicó el padre.
  • ¡Al fin! Falta poco para jubilarme. – hizo una pausa.
  • Oíste eso no, ¿Andrade? – Aumentando el volumen de la voz para que el sub comisario y el secretario Andrade, con quienes compartía oficina, escucharan.
  • ¡No señor!  Usted estará aquí siempre, ¡señor! –Exclamaba de pie y asustado, un inocente e ingenuo oficial Andrade.
  • ¡Acaso eres idiota! –mostrando un rostro serio y duro durante tres segundos mientras lentamente se esbozaba una sonrisa entre él y el sub comisario. Una sonrisa la cual se convertía en risas y pasado unos segundos más, en una estruendosa carcajada.
  • ¡Jajajajaja! – se reía mientras tosía el viejo comisario acompañado por las risas del segundo al mando.
  • ¡Me vas a matar de la risa, Andrade! ¿Para qué quiero quedarme en este mugrerío? Ya son demasiados años en este servicio. –replicó el viejo policía.
  • Escúchenme bien ustedes dos ¡Y esto es una orden! – exclamó el viejo guardián.
  • Tal vez de las últimas ordenes que no tengan que ver con casos policiales. – reflexionó Gonzales.
  • «No todo en la vida es trabajo. No quiero estar aquí para siempre. Quiero irme con mi señora a descansar. – dijo el comisario.
  • No se donde, todavía. Tal vez Miami, La Habana o Europa, no lo sé. Pero de que me voy, ¡me voy! – exclamó.
  • La agarraré de las manos, le besaré la frente, me sentaré a su lado a ver el paisaje, ya sean las olas en un balneario o el verde campo del pueblo pero me iré a vivir tranquilo y en paz con mi viejita. – dijo con voz calmada el cansado, viejo y sabio comandante Gonzáles, mientras veía en los dos hombres que compartían con él la oficina, a los hijos que nunca pudo tener.»
  • ¡Así que, se me dejan de estupideces! ¡Pónganse a trabajar! No voy a dejar esta oficina hasta que la ciudad esté en orden. – sonreía ligeramente.  
  • ¡Si señor!  – gritaron al unísono el sub comisario y el joven secretario Andrade en la oficina principal dentro de la comisaría, contemplando las palabras de un viejo león, un líder autentico, un orgullo para esa institución.
  • Oíste no, ¿Andrade? – Pero esta vez, con una voz suave y calmada.
  • Ya terminó tu turno y mañana estas de franco – le dijo el comisario.
  • Si señor. – contestó el secretario.
  • Entonces vete. De nada sirve que seas un buen policía sino eres un hombre feliz. Búscate una buena mujer, ten hijos. Y encuentra tu motivación para proteger esta ciudad. – añadió el comisario antes de sacar una cajetilla de cigarrillos de su bolsillo y ponerse a fumar un rato.
  • Lo intentaré señor. – Se levantó Ernesto, se puso su casaca policial, recogió su boina y salió de la comisaría.

Decepción

Decepción

La Realidad Egoísta (4)

  • Claro que sí amiga. Le dije que era su última oportunidad para llevarse la promoción exclusiva que sacamos este mes. -se escuchaba radiantemente la voz de una mujer hablando por teléfono a su máxima velocidad y con bastante efusión.
  • ¿Qué? Claro que sí, pero no importa. Todos los años hacemos lo mismo. Siempre lo comprarán. – continuó hablando dicha mujer, pero solo se oye su fuerte voz, más no lo que dice su interlocutor.
  • Este mes obtendré ciento sesenta por ciento sobre la meta que me pusieron en el segundo trimestre pero, estamos a un “pelín” de lograr el ochenta por ciento sobre los resultados del año pasado. – comentaba la señora.
  • Obvio que voy a pedir un aumento. ¡Estos resultados no te los consigue nadie!
  • Lo sé, soy lo máximo. «Alboroto el gallinero» en toda la ciudad. – pronunciaba soberbiamente.
  • Pero con calma mi preciosa. ¡Tú también lo eres! – se reía en tono un poco burlesco.
  • Lo vas a lograr, trata de imitarme. Tienes que hacer esto… – continuaba la conversación.
  • ¡Amor! ¡Mira cómo van creciendo mis hortalizas! – Habló el esposo.
  • ¡Corta por donde yo te he dicho animal! – Y a la par, tenía tiempo para llamarle la atención al jardinero.
  • ¡Qué bruta es esta mujer! Tengo que decirle todo lo que tiene que hacer. No creo que logre alcanzarme. – mientras daba un pequeño y satisfactorio suspiro al saber que nunca la alcanzarían.
  • ¡Qué lindas están quedando tus flores, amor! –exclamo la reina en ventas de todo Bogotá.
  • No olvides que tienes que ver mis muebles, llevar el Mercedes al taller, pagar la tarjeta de crédito, recoger mi abrigo, sacar a los cachorros, pagarle al jardinero, ver los muebles nuevos, etc. – daba una lista interminable de tareas que tenía que realizar el esposo en el día. Como si de un «Boy Scout» se tratara.  

La Realidad Egoísta (3)

Manuel

  • Y pensar que una vez todo fue «normal». – pensaba Manuel.
  • Pero te tuviste que meter con él, mamá. – decía mirando al cielo.
  • ¿Tal era tu angustia por no poder vivir sola? ¡Los dos juntos pudimos haber salido adelante! ¡¿Por qué lo hiciste?! ¿Por qué? – se preguntaba amargamente el pequeño hombrecito mientras sus primeras lágrimas recorrían su delgado rostro.
  • ¿Qué haces acá? ¡Idiota! – exclamó José enfurecido. Pensé que estabas en casa, faltaba poco para acabar la clase e iba para allá. ¿Tienes idea de la vergüenza que me has hecho pasar? -golpeando la mesa.
  • Se nota que se preocupa por su hermano -pensó el comisario.
  • No viendo a los ojos y con un poco de desdén, Esaú respondía: Perdí pues. El gordo me atrapó -dijo suspirando.
  • ¡Caracho! con los buenos pesos que me hubieran dado por ese estéreo. -suspiró nuevamente.
  • Bueno, -levantándose de la silla.
  • Ahora que ya viniste a recogerme, vámonos. Soy menor de edad así que la policía no me puede encerrar en el calabozo, solo estamos aquí para que nos amedrente. -dedujo Esaú de manera insolente y retadora.
  • ¡¿Acaso te golpeaste la cabeza?! -exclamó José.
  • No puedes robar nada, de ningún auto ni de ningún lugar. ¡No voy a estar trabajando y estudiando para mantener a un delincuente!
  • Ellos no hubieran querido esto. -tras una triste y calmada pausa dijo.
  • Mamá, Papá – se lamentó en voz alta José.
  • ¡¡Cállate!! – elevando la voz y con una expresión amarga en el rostro -habló Esaú.
  • ¡No sabes lo que ellos querían, yo no lo sé, nadie lo sabe! ¡Nos abandonaron porque nosotros nunca estuvimos dentro de lo que ellos querían! Si nos quisieran en sus vidas no estaríamos viviendo en este barrio de mierda. ¡Idiota! -se exasperó amarga y tristemente Esaú.
  • ¡Se me calman los dos! ¡¿Dónde carajos creen que están?! -gritó resonando en toda la comisaría.
  • No me importa de quién ¡coño! están hablando, ni entiendo como una persona que parecía tan calmada como tú, José, se ha puesto tan revoltoso. – mirando a José.
  • Y tú, Esaú, te he visto jugar en las calles echando agua a los vecinos con una manguera cuando eras un chamaquito. Y nunca me molestó, pero ahora -calmando la voz y atenuándola con un poco de pena.
  • «¿Quién eres?» No necesitas robar si necesitas dinero. No eres un ladrón. ¡No te quiero volver a ver por acá! Termina el colegio y luego busca que hacer, incluso aquí nos falta alguien que nos saque las fotocopias o nos apoye en otros mandados. – esbozando una muy ligera sonrisa tratando de calmar el ambiente.
  • ¡Váyanse! -exclamó el comisario.
  • Devolveremos la radio a su dueño y, por esta vez le diré que no encontramos al ladrón. Puedes irle diciendo al flacucho ese de tu amigo que, si lo veo. – frunciendo el ceño fuertemente y con voz amargada.
  • No respondo – concluyó Andrade.
  • Perdón señor – dijo José. Esaú solo lo miró amargamente, giró su cabeza hacia la izquierda y optó por callar, mostrando desinterés por sus palabras.
  • ¿Qué tanto harán en Bogotá? ¿Por qué no vienen por ellos? – se preguntó.