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Relatos de un Soñador

Series, novelas, relatos, historias, cuentos y poemas. Toda inspiración que emana de una mente abrumada.

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Categoría: Monólogo

Monólogo para solitarios

Monólogo para solitarios

Silencio. El actor/actriz mira sus manos, luego al frente, como si hablara consigo mismo o con un interlocutor invisible.

Soy solo yo. Solo yo y este teclado.
Las doce de la noche, y el infierno de los vecinos
—esa algarabía de muebles y voces—
se ha ido apagando, como un eco que muere en un pozo.
Y quedo yo. Envuelto en el calor absurdo de este invierno,
frente a la pantalla que parpadea, cómplice de mis vigilias.

Enhebro. Sí, enhebro ideas.
Pero son ideas de sonámbulo, hilos que se me escapan,
palabras que nacen rotas, como si las dictara un fantasma
que habita en el fondo de mi pecho.

Dime, ¿por qué está tan rara la soledad?
No es un estado, es un ser vivo. Un animal de costumbres cambiantes.
A veces la necesitas con una urgencia de náufrago,
la invocas, la reclamas, la pones como un escudo entre tú y el mundo.
Y a veces… a veces está. Sin avisar.
Te sientas en una mesa con diez amigos, ríes, brindas,
y de repente, ella está ahí, en el hueco de tu mano,
más cerca que el calor del vaso.

Otras veces, quieres huir de ella.
Le das la espalda, te metes en el ruido, en el bullicio,
la buscas en el cuerpo de otro, en la música a todo volumen…
y ella, perra fiel, te espera a la vuelta de la esquina.

Es una relación tóxica, lo sé.
Maldita soledad, ambigua como el crepúsculo.
Porque eres el espejo que no miente.
Contigo, soy yo. El desnudo. El que nadie ve.
Sin afeites, sin máscaras.
Me muestras quién soy, pero también me ocultas…
me entierras en esa cripta donde no llegan las miradas ajenas.
Y eso duele. Y eso alivia.

Eres triste. Eres necesaria.
Hueles a nostalgia, a fotos viejas, a cartas que nunca envié.
Pero cuando el mundo me pesa, cuando la gente es demasiada gente,
llega tu silencio como un bálsamo, y me dices:
«No pasa nada. Respira. Aquí estoy».

Y entonces, te quiero.
Te quiero y no quiero verte.
Quiero estar contigo, pero contigo quiero llorar
por no tener a nadie más.
Esa es la trampa, ¿verdad?
Que tu abrazo es el único que no juzga,
pero también es el que me recuerda que no hay otro.

Somos seres de manada, de tribu, de eco.
Nacemos de un grito y morimos en un susurro.
Y sin embargo, aquí estoy.
Anhelando el bullicio, pero escribiendo en la noche.
Buscando una voz, pero gozando de este silencio.
Ser humano es eso: ser uno entre muchos…
y ambicionar, de vez en cuando, el lujo terrible de ser solo uno.

(Pausa. Mira al teclado. Sonríe con ironía.)

Buenas noches, soledad.
Hasta que amanezca.
O hasta que vuelvan los vecinos.


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por Renzo Villanuevaen Escritura, Literatura, Melancolía, Monólogo, Tristezaagosto 22, 2026475 palabrasDeja un comentario

Memories of a passing storm / Recuerdos de una tormenta pasajera

Memories of a passing storm / Recuerdos de una tormenta pasajera
I see your face in quiet afternoon light,
in every empty chair, in every "goodnight."
Not a lover's grief, but something as deep—
a friendship I promised my soul would keep.

We used to talk until the stars grew old,
share every secret, every story untold.
Now destiny stands like a locked iron gate,
and time moves us further, though I’m always late.

I don’t ask for much from the cruel turning years—
not to undo fate, not to silence my fears.
Just one afternoon with no hurry, no end,
to sit as we did, as more than a friend.

To laugh at the past, to speak without pain,
to hear your voice echo and linger again.
But destiny shrugs—it has nothing to say,
it won't turn the clock or clear our old way.

So I carry your name in a place soft and deep,
where a friendship still wakes, though it cannot sleep.
And I miss you, I miss you—no storm, no grand plea—
just the woman I talked to, who once talked to me.

Veo tu rostro en la tranquila luz de la tarde,
en cada silla vacía, en cada "buenas noches".

No es el dolor de un amante, sino algo igual de profundo:
una amistad que prometí a mi alma que guardaría.

Solíamos hablar hasta que las estrellas envejecían,
compartíamos cada anécdota, cada historia no contada.

Ahora el destino se alza como una cerca de hierro cerrada,
y el tiempo nos aleja, por que siempre llego tarde.

No pido mucho a los crueles años que pasan:
ni que deshagan el destino, ni que acallen mis miedos.

Solo una tarde sin prisas, sin fin,
para sentarnos como lo hacíamos, como amigos.

Para reír del pasado, para hablar sin dolor del futuro,
para oír tu voz resonar y perdurar de nuevo.

Pero el destino se encoge de hombros; no tiene nada que decir,
no retrocederá el tiempo ni despejará nuestro antiguo camino.

Así que llevo tu nombre en un lugar suave y profundo,
donde una amistad aún despierta, pero desconectada,
Te extraña, ni tormenta, ni gran súplica; solo la persona con la que hablé, quién una vez me habló.

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por Renzo Villanuevaen Drama, English, Fantasy, Melancolía, Monólogo, Poem, Poesía, Versosabril 30, 2026378 palabrasDeja un comentario

Carta a la soledad / Letter to solitude

Carta a la soledad / Letter to solitude

Querida, algún día leerás esto:

Te escribo desde la orilla de una isla que no aparece en los mapas. Aquí el tiempo tiene otra textura, más densa, como la miel que nunca se termina de verter. Las horas son largas y se estiran como sombras al atardecer, pero sin la promesa del amanecer.

A mi alrededor, el paisaje es inmenso pero no hermoso. El mar, con su lengua infinita, susurra secretos que no logro descifrar. El cielo es un dosel tan vasto que a veces duele mirarlo, porque no hay una nube con quien observar su forma. Las estrellas, por las noches, son testigos mudos de una conversación que siempre termina en monólogo.

A veces, el viento golpea con fuerza mi ventana. No es un viento furioso, sino un viento que busca compañía, que aúlla por los rincones de la casa esperando encontrar a alguien más. Pero solo me encuentra a mí, y su lamento se vuelve el mío propio.

En esta isla, la mesa siempre está puesta para uno. El pan sabe a ceniza y el café siempre se enfría antes de que pueda saborearlo, porque no hay prisa por compartir la primera taza. He aprendido a bailar con mi propia sombra, pero su eco en las paredes vacías es un recordatorio constante de que el baile debería ser para dos.

A veces enciendo todas las luces de la casa, pero no es la oscuridad lo que temo. Es la forma en que la luz no rebota en otra mirada, la manera en que los objetos permanecen estáticos, en su sitio, porque no hay nadie que los desordene, que los llene de vida. Son solo cosas. Y yo, solo un habitante.

No es tristeza lo que siento, no exactamente. Es como ser el último árbol de un bosque talado. Sigues en pie, das frutos, ofreces sombra, pero ya no hay un ecosistema. Eres un universo en miniatura orbitando en la más absoluta de las quietudes.

Si algún día encuentras estas palabras, no me busques. No me encontrarás. Solo espero que, al leer esto, sepas que en algún lugar, alguien entendió perfectamente cómo se siente ser un faro que ya no guía a ningún barco.

Con la esperanza de que el viento lleve estas palabras y las desvanezca,

Aislado Íngrimo.


My dear, someday you will read this:

I am writing to you from the shore of an island that doesn’t appear on any map. Here, time has a different texture, denser, like honey that never quite finishes pouring. The hours are long and stretch like shadows at sunset, but without the promise of dawn.

Around me, the landscape is immense but not beautiful. The sea, with its endless tongue, whispers secrets I can’t decipher. The sky is a canopy so vast that sometimes it hurts to look at it, because there isn’t a single cloud with which to observe its shape. At night, the stars are silent witnesses to a conversation that always ends in a monologue.

Sometimes, the wind beats hard against my window. It’s not a furious wind, but a wind that seeks company, that howls through the corners of the house hoping to find someone else. But it only finds me, and its lament becomes my own.

On this island, the table is always set for one. The bread tastes like ash, and the coffee always gets cold before I can savor it, because there’s no rush to share the first cup. I’ve learned to dance with my own shadow, but its echo on the empty walls is a constant reminder that the dance should be for two.

Sometimes I turn on all the lights in the house, but it’s not the darkness I fear. It’s the way the light doesn’t reflect another gaze, the way objects remain static, in their place, because there’s no one to disturb them, to fill them with life. They are just things. And I, just an inhabitant.

It’s not sadness I feel, not exactly. It’s like being the last tree in a felled forest. You still stand, you bear fruit, you offer shade, but there’s no longer an ecosystem. You are a miniature universe orbiting in absolute stillness.

If you ever find these words, don’t look for me. You won’t find me. I only hope that, as you read this, you know that somewhere, someone fully understands what it feels like to be a lighthouse that no longer guides any ship.

Hoping the wind will carry these words away,

Alone.

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por Renzo Villanuevaen English, Escritura, Fantasía, Fantasy, Literatura, Melancolía, Monólogo, Story, Tristezamarzo 12, 2026771 palabrasDeja un comentario

Los hombres también lloran. / Men cry too.

Los hombres también lloran. / Men cry too.

Estas manos…
Estas manos que aprendieron a apretar puños antes que a acariciar.
Que saben dar la mano firme, el golpe en la mesa, el apretón de complicidad…
Pero que tiemblan cuando intentan pedir auxilio.

Nos enseñaron que el llanto era un río prohibido.
Que los hombres somos rocas, murallas que nunca caen.
Pero nadie nos dijo que las rocas también se erosionan por dentro.
Que el granito más duro puede quebrarse en silencio, sin testigos.

Somos gladiadores en una arena invisible.
Donde cada día es una batalla por el empleo, por el respeto, por no defraudar.
Donde el fracaso no es una opción, es una cicatriz que llevamos en el alma.
Competimos por migas de reconocimiento en un banquete de expectativas ajenas.

Y lloramos.
¡Por Dios qué lloramos!
Pero nuestro llanto es un incendio subterráneo que consume sin llamas.
Son lágrimas de ácido que caen hacia dentro, enmudeciendo gargantas, arrasando paisajes interiores.
Mientras afuera… la sonrisa intacta, la espalda recta, la voz serena.

Ellas pueden caer y ser recogidas.
Pueden llorar y encontrar brazos que las contengan.
Pueden decir «no puedo más» y el mundo se inclina a consolarlas.
Nosotros… nosotros nos rompemos en mil pedazos y seguimos caminando como si nada.
Porque un hombre roto es un espectáculo patético, mientras que una mujer rota es una tragedia digna de compasión.

¿Sabes lo que pesa esta armadura de fortaleza?
¿Esta coraza que nos obligan a vestir desde niños?
«Los niños no lloran», «sé un hombre», «aguanta como los machos»…
Y aguantamos. Y aguantamos. Hasta que un día el alma dice «basta».
Y entonces viene el vacío, ese abismo silencioso que nos habla en susurros venenosos.

Porque nuestra depresión no tiene el rostro romántico del dolor femenino.
Es una bestia gris que habita en apartamentos desordenados, en coches estacionados a altas horas de la noche, en vasos de whisky vacíos.
Es el nudo en la garganta durante la ducha, la sonrisa forzada en la reunión familiar, el «estoy bien» que nos ahoga.

Hoy me pregunto:
¿Qué pasaría si un día decidimos dejar caer la máscara?
Si mostráramos nuestras grietas, nuestras heridas, nuestro cansancio…
¿Nos abrazarían o nos señalarían con dedos acusadores?
¿Nos llamarían valientes o nos tacharían de débiles?

Quizás la verdadera fuerza no está en aguantar infinitamente,
sino en atreverse a decir:
«Estoy cansado de ser fuerte. Hoy necesito ser humano.
Hoy necesito llorar con el sonido encendido.
Hoy necesito que me digan que no estoy solo en esta batalla.»

Porque los hombres también sangran por dentro.
También nos ahogamos en noches sin estrellas.
También tenemos derecho al derrumbe, a la fragilidad, a pedir ayuda sin vergüenza.

Y este… este es mi grito ahogado.
Mi verdad desnuda.
Mi guerra particular contra los fantasmas que me dicen que callar es sinónimo de fortaleza.

Hoy me quito la armadura.
Y me permito sentir.
Y llorar.
Y existir, simplemente existir, más allá de todas las expectativas.


These hands…
These hands that learned to clench fists before they learned to caress.
That know how to give a firm hand, to bang on the table, to shake hands with complicity…
But they tremble when they try to cry for help.

They taught us that tears were a forbidden river.
That men are rocks, walls that never fall.
But no one told us that rocks also erode from within.
That the hardest granite can break in silence, without witnesses.

We are gladiators in an invisible arena.
Where every day is a battle for a job, for respect, for not disappointing.
Where failure is not an option, it’s a scar we carry in our souls.
We compete for crumbs of recognition at a banquet of other people’s expectations.

And we cry.
Oh God, how we cry!
But our tears are an underground fire that burns without flames.
They are acidic tears that fall inward, silencing throats, devastating inner landscapes.
While outside… the smile is intact, the back is straight, the voice is serene.

They can fall and be picked up.
They can cry and find arms to hold them.
They can say «I can’t take it anymore» and the world bends down to console them.
We… we break into a thousand pieces and keep walking as if nothing happened.
Because a broken man is a pathetic spectacle, while a broken woman is a tragedy worthy of compassion.

Do you know how heavy this armor of strength weighs?
This breastplate we’re forced to wear since we were children?
«Boys don’t cry,» «be a man,» «hold on like a man»…
And we hold on. And we hold on. Until one day the soul says «enough.»
And then comes the emptiness, that silent abyss that speaks to us in poisonous whispers.

Because our depression doesn’t have the romantic face of feminine pain.
It’s a gray beast that lives in messy apartments, in cars parked late at night, in empty whiskey glasses.
It’s the lump in the throat during the shower, the forced smile at family gatherings, the «I’m fine» that suffocates us.

Today I wonder:
What would happen if one day we decided to drop the mask?
If we showed our cracks, our wounds, our tiredness…
Would they embrace us or point accusing fingers at us?
Would they call us brave or dismiss us as weak?

Perhaps true strength isn’t in enduring infinitely,
but in daring to say:
«I’m tired of being strong. Today I need to be human.
Today I need to cry with the sound on.
Today I need to be told that I’m not alone in this battle.»

Because men bleed inside too.
We also drown in starless nights.
We also have the right to collapse, to be fragile, to ask for help without shame.

And this… this is my stifled cry.
My naked truth.
My personal war against the ghosts who tell me that silence is synonymous with strength.

Today I take off my armor.
And I allow myself to feel.
And cry.
And exist, simply exist, beyond all expectations.

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por Renzo Villanuevaen English, Escritura, Literatura, Literature, Monólogo, Poesía, Realidad, Relatooctubre 5, 20251,034 palabras1 comentario
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