De qué sirven las modernidades del nuevo siglo
Te busco y escribo pero tú, nunca respondes.
Solo veo cosas viendo cosas más modernos
Miro tu perfil para ver, si activa estas
Sin embargo, el tiempo corre y nos persigue
pero no te puedo hallar.
Presión emana de todos lados
El trabajo ahorca sin vergüenza
La familia abruma con sus encantos
Cruel vida que a través de nuestros ojos llega
Todo sintetizado en este maldito aparato.
Una pantalla que envejece y deprime
Fingiendo vidas perfectas
Aplicativos sin sentimientos
Filtros sin corazón
Conectados estamos con todos
Viendo el mundo correr
Drenando la vida en vano
A un "touch" de perder la razón.
Fotos sin sentido
Videos sin razón
Imágenes vacías del ciberespacio.
El entretenimiento no entretiene
Cuando a través de las pantallas
Solo hay niños llorando.
Solo hay hombres y mujeres
hipnotizados
rogando por tu atención.
De qué sirven las modernidades del nuevo siglo
Si lejos quiero estar
Si desconectarme no puedo
Por que te quiero encontrar.
¿De qué sirven?
«Señor Carisma», como llamaban al padre de José y Esaú. Paseaba de cuadra en cuadra publicitando y dando muestras gratis de sus ricos tamales a toda la ciudad. Era un hombre que mostraba tener una fuerte vena emprendedora y aunque su postura frente al gobierno de Castro fuera neutra, él sentía dentro de su interior la efervescencia idealista de todo emprendedor. Esa motivación extraña que solo tienen algunos seres humanos en esta tierra. Creen, con gran ilusión, que con un peso cubano pueden crear un negocio de miles y miles de dólares en Matanzas y, por qué no, en toda Cuba.
Este señor había hecho, del primer piso del departamento donde vivía con su familia, una pequeña cafetería llamada «Mi Deliciosa Ambición». No obstante, cuando llegaba de promocionar sus productos por toda la ciudad o por lo menos, hasta donde llegaran sus piernas y su energía, siempre encontraba a su niño, el mayor de los dos, sentado en una mesa para clientes, estudiando o haciendo sus deberes pre escolares. José le comentaba cuanto le gustaba ese sitio por que, aunque era el sueño de papá, había varias horas en las que el lugar estaba vacío, y por eso era más tranquilo para estudiar. No soportaba el llanto de su hermanito en el piso de arriba, él solo podía leer en lugares tranquilos.
Este hombre se caracterizaba por ser muy habilidoso, desde mecánica eléctrica o automotriz hasta cocina pasando por jardinería y carpintería culminando con educación y contabilidad. No había nada que el progenitor no pudiera hacer. Esa podría ser la razón por la que siempre fue un perfecto complemento para su esposa.
Una mujer que le gustaba mandar, dar órdenes y dirigir. En esos momentos tenia un bebe en brazos y otro aprendiendo a leer pero ella sabia que su destino era ser capitana, por lo menos, esa era su ambición. ¿De quién creen que fue la idea de darle ese nombre a la cafetería? Solo se estaba tomando un descanso mientras Esaú dejaba el pecho, para luego seguir siendo el sustento económico de su casa con sus habilidades de mando y comerciales. ¿Quién lo diría? En una relación jugamos diferentes papeles en todo momento. A veces debes servir y en otras ocasiones, ser servido. Pero esta forma de pensar, ¿puede degradarse? ¿Existe un justo equilibrio entre ambos papeles?
¡Que buen día hace, José! –le decía un padre expectante a su hijo.
José se quedaba callado ya que no sabía qué decir. Cómo determinar cuándo un día es bueno o malo si recién ha comenzado. -pensaba el niño.
¡A trabajar! Vamos primero por la calle donde está la comisaría. –indicó el padre.
En la comisaría.
El regordete y viejo comisario Gonzales tosía en su oficina tapándose la boca con un pañuelo, para que nadie viera las pequeñas gotas de sangre que salían de su garganta, mientras realizaba una gran respiración y decía:
¡Al fin! Falta poco para jubilarme. – hizo una pausa.
Oíste eso no, ¿Andrade? – Aumentando el volumen de la voz para que el sub comisario y el secretario Andrade, con quienes compartía oficina, escucharan.
¡No señor! Usted estará aquí siempre, ¡señor! –Exclamaba de pie y asustado, un inocente e ingenuo oficial Andrade.
¡Acaso eres idiota! –mostrando un rostro serio y duro durante tres segundos mientras lentamente se esbozaba una sonrisa entre él y el sub comisario. Una sonrisa la cual se convertía en risas y pasado unos segundos más, en una estruendosa carcajada.
¡Jajajajaja! – se reía mientras tosía el viejo comisario acompañado por las risas del segundo al mando.
¡Me vas a matar de la risa, Andrade! ¿Para qué quiero quedarme en este mugrerío? Ya son demasiados años en este servicio. –replicó el viejo policía.
Escúchenme bien ustedes dos ¡Y esto es una orden! – exclamó el viejo guardián.
Tal vez de las últimas ordenes que no tengan que ver con casos policiales. – reflexionó Gonzales.
«No todo en la vida es trabajo. No quiero estar aquí para siempre. Quiero irme con mi señora a descansar. – dijo el comisario.
No se donde, todavía. Tal vez Miami, La Habana o Europa, no lo sé. Pero de que me voy, ¡me voy! – exclamó.
La agarraré de las manos, le besaré la frente, me sentaré a su lado a ver el paisaje, ya sean las olas en un balneario o el verde campo del pueblo pero me iré a vivir tranquilo y en paz con mi viejita. – dijo con voz calmada el cansado, viejo y sabio comandante Gonzáles, mientras veía en los dos hombres que compartían con él la oficina, a los hijos que nunca pudo tener.»
¡Así que, se me dejan de estupideces! ¡Pónganse a trabajar! No voy a dejar esta oficina hasta que la ciudad esté en orden. – sonreía ligeramente.
¡Si señor! – gritaron al unísono el sub comisario y el joven secretario Andrade en la oficina principal dentro de la comisaría, contemplando las palabras de un viejo león, un líder autentico, un orgullo para esa institución.
Pasadas las horas cuando estaban a punto de cambiar de guardia y solo se iban a quedar los que, por cronograma, les tocaba hacer el turno nocturno y el resto salía a hacer su patrullaje habitual antes de caer la noche en el sector. Gonzales, al ver a un joven Ernesto Andrade, quien no dejaba de trabajar ni siquiera para ir al baño, se acercó sutilmente a decirle:
Oíste no, ¿Andrade? – Pero esta vez, con una voz suave y calmada.
Ya terminó tu turno y mañana estas de franco – le dijo el comisario.
Si señor. – contestó el secretario.
Entonces vete. De nada sirve que seas un buen policía sino eres un hombre feliz. Búscate una buena mujer, ten hijos. Y encuentra tu motivación para proteger esta ciudad. – añadió el comisario antes de sacar una cajetilla de cigarrillos de su bolsillo y ponerse a fumar un rato.
Lo intentaré señor. – Se levantó Ernesto, se puso su casaca policial, recogió su boina y salió de la comisaría.
Al día siguiente, en su día de franco, el sub comisario llamó a Andrade para decirle que él ocuparía el cargo de comisario interino, hasta que se recuperara Gonzales. Al parecer lo habían internado en la noche, en el Hospital «El Bendito Socorro» debido a un problema respiratorio. Al parecer, tenia cáncer.
Duele verte
Entonando la misma canción
Con los ojos cabizbajos
Con la mirada perdida
Perdiendo la voz.
Duele escucharte
Viviendo en pena
Abrumada por el desinterés
Deprimida con tu realidad.
Pensé que gritabas
Te necesito
Pensé que clamabas
Auxilio.
Pero fui un ciego
Que no quisiste aceptar
Fui un ingenuo
Que arrebataron la paz.
No eres la típica historia
De un cuento con final feliz
Eres la crónica andante
De un enunciado de problemas
Dudas y misterios
Que no quiero repetir.
Cuándo fue la última vez
Que te vi sonreír
Cuándo fue la última vez
Que pensé
En hacerte feliz.
Oscuro amigo
Como torturas mi cabeza
Acelerando mi corazón
De angustias
Mi mente llenas.
Amargo como la hiel
Reconfortante por las mañanas
Droga efectiva al amanecer
Jugando con mi presión alta.
No escatimas el verme sufrir
Temblando después de ti
Me encuentro.
Tu aroma
Tu figura
Y tu sabor
A lo lejos me llaman.
Me invitas a probarte
Como asesino experto
Con capa dulce te escondes
Y sombrero de espuma
Llevas puesto.
Pero tu naturaleza ruin
me carcome
Solo tu sabor
puede saciarme.
Tiemblan mis dedos
incansables
Muerdo mis labios
hasta desangrarse.
Mi cabeza no deja de pensar en múltiples versos
Llenas de energía mi ansiedad
Quién imaginaría que este humilde grano
A mis desayunos de oficinista llegaría
Para acabarme matando
Para terminar con mi letargo
Para activar mis funciones
Para terminar con mi paz.
José estudiaba en su pequeña sala/comedor en tanto se escuchaban los ronquidos de Esaú desde su habitación. Hacía una pequeña pausa y, más calmado, pensaba -Sé que no es un mal chico, de hecho, es muy habilidoso para su edad. Él fue capaz de sacar la radio de ese auto sin hacer sonar la alarma. Cómo quisiera pasar más tiempo con él. –reflexionaba.
Bogotá
Claro que sí amiga. Le dije que era su última oportunidad para llevarse la promoción exclusiva que sacamos este mes. -se escuchaba radiantemente la voz de una mujer hablando por teléfono a su máxima velocidad y con bastante efusión.
¿Qué? Claro que sí, pero no importa. Todos los años hacemos lo mismo. Siempre lo comprarán. – continuó hablando dicha mujer, pero solo se oye su fuerte voz, más no lo que dice su interlocutor.
Este mes obtendré ciento sesenta por ciento sobre la meta que me pusieron en el segundo trimestre pero, estamos a un “pelín” de lograr el ochenta por ciento sobre los resultados del año pasado. – comentaba la señora.
Obvio que voy a pedir un aumento. ¡Estos resultados no te los consigue nadie!
Lo sé, soy lo máximo. «Alboroto el gallinero» en toda la ciudad. – pronunciaba soberbiamente.
Pero con calma mi preciosa. ¡Tú también lo eres! – se reía en tono un poco burlesco.
Lo vas a lograr, trata de imitarme. Tienes que hacer esto… – continuaba la conversación.
Desde el jardín se escuchan unos gritos:
¡Amor! ¡Mira cómo van creciendo mis hortalizas! – Habló el esposo.
¡Corta por donde yo te he dicho animal! – Y a la par, tenía tiempo para llamarle la atención al jardinero.
La extravagante mujer caminaba al jardín para ver a su esposo mientras requintaba:
¡Qué bruta es esta mujer! Tengo que decirle todo lo que tiene que hacer. No creo que logre alcanzarme. – mientras daba un pequeño y satisfactorio suspiro al saber que nunca la alcanzarían.
¡Qué lindas están quedando tus flores, amor! –exclamo la reina en ventas de todo Bogotá.
No olvides que tienes que ver mis muebles, llevar el Mercedes al taller, pagar la tarjeta de crédito, recoger mi abrigo, sacar a los cachorros, pagarle al jardinero, ver los muebles nuevos, etc. – daba una lista interminable de tareas que tenía que realizar el esposo en el día. Como si de un «Boy Scout» se tratara.
Aunque él hacía las tareas a regañadientes, sabía que tenía que mantener contenta a su fuente de dinero. Muy de vez en cuando se preguntaba si era esposo o mayordomo, quien se había casado con ella. Aunque ese pensamiento pasaba por su cabeza más rápido que la máxima velocidad que podría dar esa lujosa camioneta Mercedes del año, valorizada en más de doscientos cincuenta mil dólares.
Esta mujer se dirige a su habitación rápidamente con la intención de ponerse una bata para bañarse ya que consideraba que, debía darse un salto por las oficinas de su empresa, aunque sea para saludar a su jefe.
Abriendo la puerta y pasando a su habitación choca intempestivamente con la esquina de una mesa de noche pequeña con cajoneras. De repente, por el impacto del accidente, el primer cajón se ve forzado a abrirse y una pequeña y vieja imagen, más pequeña que una postal, se vislumbra por la abertura del cajón. Esta exitosa mujer de negocios logra comprimir sus pupilas para ver una pequeña parte de la imagen por lo que se olvida del dolor en la pierna.
Se sienta en el piso alfombrado, abre el cajón completamente y levanta la fotografía. En esa imagen solo se podía ver a una mujer joven y delgada, de aspecto humilde, vestida con un polo blanco grande y un jean, sentada en el piso con dos niños. Uno a cada lado, pero esbozando una sonrisa genuina y transparente.
Esa imagen transmitía una ternura que solo proviene de un amor puro y sincero, como cuando sabes que la felicidad es algo que nace de tu interior y lo transmites a dos pequeñas criaturas. Dos niños que compartieron contigo años de plena dependencia y devoción hacia su heroína. Una imagen que estuvo escondida tras varios años en ese cajón, tal vez incómoda para una pareja solitaria, llena de lujos y caprichos. Sin embargo, esta mujer no sintió que las lágrimas corrían por sus mejillas hasta que las vio caer en la alfombra, mojando su hermoso piso, arruinando el decorado del suelo.