
Años atrás.
«Señor Carisma», como llamaban al padre de José y Esaú. Paseaba de cuadra en cuadra publicitando y dando muestras gratis de sus ricos tamales a toda la ciudad. Era un hombre que mostraba tener una fuerte vena emprendedora y aunque su postura frente al gobierno de Castro fuera neutra, él sentía dentro de su interior la efervescencia idealista de todo emprendedor. Esa motivación extraña que solo tienen algunos seres humanos en esta tierra. Creen, con gran ilusión, que con un peso cubano pueden crear un negocio de miles y miles de dólares en Matanzas y, por qué no, en toda Cuba.
Este señor había hecho, del primer piso del departamento donde vivía con su familia, una pequeña cafetería llamada «Mi Deliciosa Ambición». No obstante, cuando llegaba de promocionar sus productos por toda la ciudad o por lo menos, hasta donde llegaran sus piernas y su energía, siempre encontraba a su niño, el mayor de los dos, sentado en una mesa para clientes, estudiando o haciendo sus deberes pre escolares. José le comentaba cuanto le gustaba ese sitio por que, aunque era el sueño de papá, había varias horas en las que el lugar estaba vacío, y por eso era más tranquilo para estudiar. No soportaba el llanto de su hermanito en el piso de arriba, él solo podía leer en lugares tranquilos.
Este hombre se caracterizaba por ser muy habilidoso, desde mecánica eléctrica o automotriz hasta cocina pasando por jardinería y carpintería culminando con educación y contabilidad. No había nada que el progenitor no pudiera hacer. Esa podría ser la razón por la que siempre fue un perfecto complemento para su esposa.
Una mujer que le gustaba mandar, dar órdenes y dirigir. En esos momentos tenia un bebe en brazos y otro aprendiendo a leer pero ella sabia que su destino era ser capitana, por lo menos, esa era su ambición. ¿De quién creen que fue la idea de darle ese nombre a la cafetería? Solo se estaba tomando un descanso mientras Esaú dejaba el pecho, para luego seguir siendo el sustento económico de su casa con sus habilidades de mando y comerciales. ¿Quién lo diría? En una relación jugamos diferentes papeles en todo momento. A veces debes servir y en otras ocasiones, ser servido. Pero esta forma de pensar, ¿puede degradarse? ¿Existe un justo equilibrio entre ambos papeles?
- ¡Que buen día hace, José! –le decía un padre expectante a su hijo.
- José se quedaba callado ya que no sabía qué decir. Cómo determinar cuándo un día es bueno o malo si recién ha comenzado. -pensaba el niño.
- ¡A trabajar! Vamos primero por la calle donde está la comisaría. –indicó el padre.
En la comisaría.
El regordete y viejo comisario Gonzales tosía en su oficina tapándose la boca con un pañuelo, para que nadie viera las pequeñas gotas de sangre que salían de su garganta, mientras realizaba una gran respiración y decía:
- ¡Al fin! Falta poco para jubilarme. – hizo una pausa.
- Oíste eso no, ¿Andrade? – Aumentando el volumen de la voz para que el sub comisario y el secretario Andrade, con quienes compartía oficina, escucharan.
- ¡No señor! Usted estará aquí siempre, ¡señor! –Exclamaba de pie y asustado, un inocente e ingenuo oficial Andrade.
- ¡Acaso eres idiota! –mostrando un rostro serio y duro durante tres segundos mientras lentamente se esbozaba una sonrisa entre él y el sub comisario. Una sonrisa la cual se convertía en risas y pasado unos segundos más, en una estruendosa carcajada.
- ¡Jajajajaja! – se reía mientras tosía el viejo comisario acompañado por las risas del segundo al mando.
- ¡Me vas a matar de la risa, Andrade! ¿Para qué quiero quedarme en este mugrerío? Ya son demasiados años en este servicio. –replicó el viejo policía.
- Escúchenme bien ustedes dos ¡Y esto es una orden! – exclamó el viejo guardián.
- Tal vez de las últimas ordenes que no tengan que ver con casos policiales. – reflexionó Gonzales.
- «No todo en la vida es trabajo. No quiero estar aquí para siempre. Quiero irme con mi señora a descansar. – dijo el comisario.
- No se donde, todavía. Tal vez Miami, La Habana o Europa, no lo sé. Pero de que me voy, ¡me voy! – exclamó.
- La agarraré de las manos, le besaré la frente, me sentaré a su lado a ver el paisaje, ya sean las olas en un balneario o el verde campo del pueblo pero me iré a vivir tranquilo y en paz con mi viejita. – dijo con voz calmada el cansado, viejo y sabio comandante Gonzáles, mientras veía en los dos hombres que compartían con él la oficina, a los hijos que nunca pudo tener.»
- ¡Así que, se me dejan de estupideces! ¡Pónganse a trabajar! No voy a dejar esta oficina hasta que la ciudad esté en orden. – sonreía ligeramente.
- ¡Si señor! – gritaron al unísono el sub comisario y el joven secretario Andrade en la oficina principal dentro de la comisaría, contemplando las palabras de un viejo león, un líder autentico, un orgullo para esa institución.
Pasadas las horas cuando estaban a punto de cambiar de guardia y solo se iban a quedar los que, por cronograma, les tocaba hacer el turno nocturno y el resto salía a hacer su patrullaje habitual antes de caer la noche en el sector. Gonzales, al ver a un joven Ernesto Andrade, quien no dejaba de trabajar ni siquiera para ir al baño, se acercó sutilmente a decirle:
- Oíste no, ¿Andrade? – Pero esta vez, con una voz suave y calmada.
- Ya terminó tu turno y mañana estas de franco – le dijo el comisario.
- Si señor. – contestó el secretario.
- Entonces vete. De nada sirve que seas un buen policía sino eres un hombre feliz. Búscate una buena mujer, ten hijos. Y encuentra tu motivación para proteger esta ciudad. – añadió el comisario antes de sacar una cajetilla de cigarrillos de su bolsillo y ponerse a fumar un rato.
- Lo intentaré señor. – Se levantó Ernesto, se puso su casaca policial, recogió su boina y salió de la comisaría.
Al día siguiente, en su día de franco, el sub comisario llamó a Andrade para decirle que él ocuparía el cargo de comisario interino, hasta que se recuperara Gonzales. Al parecer lo habían internado en la noche, en el Hospital «El Bendito Socorro» debido a un problema respiratorio. Al parecer, tenia cáncer.
