Silencio. El actor/actriz mira sus manos, luego al frente, como si hablara consigo mismo o con un interlocutor invisible.
Soy solo yo. Solo yo y este teclado.
Las doce de la noche, y el infierno de los vecinos
—esa algarabía de muebles y voces—
se ha ido apagando, como un eco que muere en un pozo.
Y quedo yo. Envuelto en el calor absurdo de este invierno,
frente a la pantalla que parpadea, cómplice de mis vigilias.
Enhebro. Sí, enhebro ideas.
Pero son ideas de sonámbulo, hilos que se me escapan,
palabras que nacen rotas, como si las dictara un fantasma
que habita en el fondo de mi pecho.
Dime, ¿por qué está tan rara la soledad?
No es un estado, es un ser vivo. Un animal de costumbres cambiantes.
A veces la necesitas con una urgencia de náufrago,
la invocas, la reclamas, la pones como un escudo entre tú y el mundo.
Y a veces… a veces está. Sin avisar.
Te sientas en una mesa con diez amigos, ríes, brindas,
y de repente, ella está ahí, en el hueco de tu mano,
más cerca que el calor del vaso.
Otras veces, quieres huir de ella.
Le das la espalda, te metes en el ruido, en el bullicio,
la buscas en el cuerpo de otro, en la música a todo volumen…
y ella, perra fiel, te espera a la vuelta de la esquina.
Es una relación tóxica, lo sé.
Maldita soledad, ambigua como el crepúsculo.
Porque eres el espejo que no miente.
Contigo, soy yo. El desnudo. El que nadie ve.
Sin afeites, sin máscaras.
Me muestras quién soy, pero también me ocultas…
me entierras en esa cripta donde no llegan las miradas ajenas.
Y eso duele. Y eso alivia.
Eres triste. Eres necesaria.
Hueles a nostalgia, a fotos viejas, a cartas que nunca envié.
Pero cuando el mundo me pesa, cuando la gente es demasiada gente,
llega tu silencio como un bálsamo, y me dices:
«No pasa nada. Respira. Aquí estoy».
Y entonces, te quiero.
Te quiero y no quiero verte.
Quiero estar contigo, pero contigo quiero llorar
por no tener a nadie más.
Esa es la trampa, ¿verdad?
Que tu abrazo es el único que no juzga,
pero también es el que me recuerda que no hay otro.
Somos seres de manada, de tribu, de eco.
Nacemos de un grito y morimos en un susurro.
Y sin embargo, aquí estoy.
Anhelando el bullicio, pero escribiendo en la noche.
Buscando una voz, pero gozando de este silencio.
Ser humano es eso: ser uno entre muchos…
y ambicionar, de vez en cuando, el lujo terrible de ser solo uno.
(Pausa. Mira al teclado. Sonríe con ironía.)
Buenas noches, soledad.
Hasta que amanezca.
O hasta que vuelvan los vecinos.



