Inicios del cambio.
- ¡Hasta cuándo vas a seguir con este sueño estúpido! ¡No ves, que los pesos no nos alcanzan! ¡Estoy cansada de esto! No voy a pasarme la vida lavando platos y vasos – gritaba la madre mientras el hijo mayor veía con temor la expresión en su rostro.
- ¿¡Por qué hablas asi!? ¡Siempre me tratas igual! – responde el esposo.
- Tenemos dos hijos, tenemos que pagar la luz, el agua y el teléfono. ¿No te das cuenta? – continuó enfurecida la esposa.
- Estoy haciendo lo mejor que puedo, también me canso, pero sigo trabajando por ellos. – respondió.
- ¡No es por ellos, idiota! Quieres algo grande para este café ¡Eso no va a suceder aquí! ¡Estoy cansada de verte siempre con la misma «candaleta»! Podríamos estar en un mejor lugar, teniendo mejores cosas para nosotros y para los niños.
El padre «Gran Empresario» no quiere continuar la pelea, sabe que por más dolorosas que son las palabras de su amada, eran ciertas. Este país no da oportunidades a pequeños empresarios. Nadie recordaría a este país por su cafetería de mierda. Pero su esposa encolerizada no pretende acabar con su sed de ira, quiere ver sangre. Encuentra un plato a la mano y se lo lanza a la altura del hombro, lo que genera que prosiga la pelea entre ambos.
José estupefacto solo se le ocurre ir al cuarto de su hermanito y encerrarse. Ve que dormido ha permanecido y lo carga en señal de protección. Suelta lágrimas de tristeza, pero no emite sonido alguno. Con voz temblorosa solo atañe a decirle al pequeño bebe.
- Todo va a estar bien, yo te voy a proteger.
En esos años, José ni Esaú entendían los niveles de ambición que puede tener una persona, ni hasta donde puede llegar su fuerza de voluntad por alcanzar sus metas. «Si son egoísta o no, eso es algo que solo podrán juzgar ustedes».
Pasada la «Quema de Troya» los esposos con arañazos y moretones en la piel y en el alma conversan.
- No quiero seguir asi. – indicó la esposa.
- ¡Quiero otra vida! – prosiguió.
- ¡¿Qué quieres hacer?! – preguntó el esposo.
- Voy a volver, con más fuerza a trabajar, pero ahorraré una parte. En este país no pienso quedarme. Quiero vivir en una casa grande, hermosa, lujosa. Tener una habitación inmensa, jardín, un closet inmenso con mucha ropa, una cochera con uno o dos carros lujosos. Quiero la vida que merecemos. Ve tú, si decides acompañarme en esto o si te vas yendo a un departamento pequeño o a casa de tus padres. Yo me voy, y lo voy a lograr. – con gran determinación en sus ojos y apretando los dientes dijo estas últimas palabras a su esposo.
El «Señor Carisma» no se veía nada contento. No sabia si era una invitación o una amenaza, estas últimas palabras. Él amaba a su esposa, pero después de su segundo hijo, su carácter había cambiado. Ya no era una negociante estratégica, sino un león imponente.
- Llegó la hora en que sea un medio de sus deseos. Hoy dejé de tener opinión y voto en esta casa. Soy un objeto más. – pensó el esposo, pero no dijo lo que pensaba.
- Ok, vamos por ello. – Fueron las palabras que él soltó.
Dos años habían pasado desde ese incidente y los niños percibían con más claridad quién tenia la última palabra en este hogar. Estabas con ella y agachabas la cabeza o contra ella y te iba a esperar el peso de todo el mundo contra ti. José, el mayor, lo veía más claramente. Vivian una encrucijada diaria por no saber qué decisión tomar.
Unos meses mas adelante, la matriarca de la casa ya ocupaba un cargo medio en una empresa transnacional donde era galardonada casi cada mes por sus logros en ventas. No había regalo, obsequio, detalle que recursos humanos no le diera, a nombre del gerente comercial y el gerente general de la empresa.
Esaú se asoma a ver una pequeña tarjeta encima de un inmenso regalo con forma cúbica que decía: Gracias a tí, vamos a llegar lejos. Necesitamos que tus compañeras sean más como tú. ¿Te nos unes en Colombia? Atte. XX, Gerente Comercial Corporativo.
