Manuel
Muchacho enclenque de tan solo catorce años, cada día más «tela» – como decimos por acá. Fue víctima constante de los abusos de un padre sumergido en las drogas. Se escapó de lo que no sé si se podría llamar hogar, pero el punto es que huyó. Corrió lo más rápido que pudo y una vez cerrada la puerta, no dió marcha atrás, ni siquiera giró la cabeza para ver de reojo. Prefería mil veces ver el mundo con sus propios ojos de superviviente antes de volver a esas cuatro paredes donde casi cada día era golpeado e insultado por este nefasto tutor. Manuel siempre estuvo convencido de que las segundas oportunidades no existen y que, si cerraba esa puerta sucia, de un tenue color amarillo pastel, y «volaba»; ya no volvería. Pero para él valía la pena correr ese riesgo que seguir sufriendo en esa prisión.
- Y pensar que una vez todo fue «normal». – pensaba Manuel.
- Pero te tuviste que meter con él, mamá. – decía mirando al cielo.
- ¿Tal era tu angustia por no poder vivir sola? ¡Los dos juntos pudimos haber salido adelante! ¡¿Por qué lo hiciste?! ¿Por qué? – se preguntaba amargamente el pequeño hombrecito mientras sus primeras lágrimas recorrían su delgado rostro.
Regresando a la comisaría
- ¿Qué haces acá? ¡Idiota! – exclamó José enfurecido. Pensé que estabas en casa, faltaba poco para acabar la clase e iba para allá. ¿Tienes idea de la vergüenza que me has hecho pasar? -golpeando la mesa.
José estaba irreconocible, furioso. Le hervía la sangre con tal fervor que el comisario Andrade solo contemplaba la escena, con la intención de saber cómo esto acabaría. No podía creer que el chico tan cabizbajo y flacucho que encontró en la universidad se había transformado en una persona tan seria, se había llenado de tanta energía. Parecía que las venas de su frente iban a explotar.
- Se nota que se preocupa por su hermano -pensó el comisario.
- No viendo a los ojos y con un poco de desdén, Esaú respondía: Perdí pues. El gordo me atrapó -dijo suspirando.
- ¡Caracho! con los buenos pesos que me hubieran dado por ese estéreo. -suspiró nuevamente.
- Bueno, -levantándose de la silla.
- Ahora que ya viniste a recogerme, vámonos. Soy menor de edad así que la policía no me puede encerrar en el calabozo, solo estamos aquí para que nos amedrente. -dedujo Esaú de manera insolente y retadora.
- ¡¿Acaso te golpeaste la cabeza?! -exclamó José.
- No puedes robar nada, de ningún auto ni de ningún lugar. ¡No voy a estar trabajando y estudiando para mantener a un delincuente!
- Ellos no hubieran querido esto. -tras una triste y calmada pausa dijo.
- Mamá, Papá – se lamentó en voz alta José.
- ¡¡Cállate!! – elevando la voz y con una expresión amarga en el rostro -habló Esaú.
- ¡No sabes lo que ellos querían, yo no lo sé, nadie lo sabe! ¡Nos abandonaron porque nosotros nunca estuvimos dentro de lo que ellos querían! Si nos quisieran en sus vidas no estaríamos viviendo en este barrio de mierda. ¡Idiota! -se exasperó amarga y tristemente Esaú.
José estaba apunto de darle un golpe en la cara, descargando su cólera, cuando Andrade se interpuso entre ambos y con ronca pero firme voz exclamó:
- ¡Se me calman los dos! ¡¿Dónde carajos creen que están?! -gritó resonando en toda la comisaría.
- No me importa de quién ¡coño! están hablando, ni entiendo como una persona que parecía tan calmada como tú, José, se ha puesto tan revoltoso. – mirando a José.
- Y tú, Esaú, te he visto jugar en las calles echando agua a los vecinos con una manguera cuando eras un chamaquito. Y nunca me molestó, pero ahora -calmando la voz y atenuándola con un poco de pena.
- «¿Quién eres?» No necesitas robar si necesitas dinero. No eres un ladrón. ¡No te quiero volver a ver por acá! Termina el colegio y luego busca que hacer, incluso aquí nos falta alguien que nos saque las fotocopias o nos apoye en otros mandados. – esbozando una muy ligera sonrisa tratando de calmar el ambiente.
- ¡Váyanse! -exclamó el comisario.
- Devolveremos la radio a su dueño y, por esta vez le diré que no encontramos al ladrón. Puedes irle diciendo al flacucho ese de tu amigo que, si lo veo. – frunciendo el ceño fuertemente y con voz amargada.
- No respondo – concluyó Andrade.
- Perdón señor – dijo José. Esaú solo lo miró amargamente, giró su cabeza hacia la izquierda y optó por callar, mostrando desinterés por sus palabras.
Andrade
Siendo oficial, a los veinticinco años de edad, patrullaba los barrios de Matanza, ciudad y lugar que lo vio nacer, con la intención de «limpiar las calles» creyendo a su corta edad que el mundo es plano. Creyendo que solo existía negro y blanco, bien y mal; y que, como cualquier adulto inmaduro, con complejos de «superhéroe» cambiaría su barrio, mejoraría su ciudad. Con el paso del tiempo, su disciplina y buena actitud frente a las órdenes de sus superiores lo llevaron a subir de rango hasta llegar a comandante a los treinta y dos años y máxima autoridad de la comisaría número diecisiete de la región sur de Matanzas, teniendo a su cargo más de veinte oficiales entre las subunidades de: Resguardo policial, seguridad ciudadana, control de tránsito, entre otros.
Él actualmente, con un bigote pronunciado, un poco subido de peso, sobretodo en la parte abdominal, y adicto a los cigarrillos para calmar su ansiedad, cuenta a los alférez de su comisaría que la vida solo tiene un color, y ese es el gris. Por eso es que debemos analizar con prudencia, criterio y mesura cada caso. Los oficiales más antiguos, pero de menor rango, siempre se preguntan, en qué momento cambió su percepción de las cosas, el comisario, y qué lo llevó a ser, ahora, una persona más sabia. Mientras los nuevos miembros que ingresaban a la comisaría pensaban encontrarse con una leyenda «atrapa criminales», quedando decepcionados por lo que encontraban.
Ernesto Gabriel Andrade Paz conoció a los hermanos García Hernández por una particularidad un poco similar a la que acabamos de acontecer, sin robos de por medio, obviamente. Puede leer a esos dos muchachos tan claramente como los fideos con forma de letras en una sopa caliente de carne, a la hora del almuerzo, en una tarde fría de invierno en «La ciudad más alegre de Cuba». Sin embargo, evita aparentar que los conoce, evita encariñarse con ellos. No quiere exponerlos ante las habladurías de la zona que vigila. Tal vez, ese hombre con poco cabello y un poco panzón ha encontrado en todos los jóvenes de Matanzas un poco de esperanza, sin importar la situación por la que estén pasando.
Ese policía, soltero, serio y con cara de pocos amigos, sabe que cada uno de esos chamacos se comporta de acuerdo a cómo se siente, viviendo su difícil realidad cubana, pero se ve así mismo en todos ellos y cree que todavía hay esperanza.
- ¿Qué tanto harán en Bogotá? ¿Por qué no vienen por ellos? – se preguntó.





