
José estudiaba en su pequeña sala/comedor en tanto se escuchaban los ronquidos de Esaú desde su habitación. Hacía una pequeña pausa y, más calmado, pensaba -Sé que no es un mal chico, de hecho, es muy habilidoso para su edad. Él fue capaz de sacar la radio de ese auto sin hacer sonar la alarma. Cómo quisiera pasar más tiempo con él. –reflexionaba.
Bogotá
- Claro que sí amiga. Le dije que era su última oportunidad para llevarse la promoción exclusiva que sacamos este mes. -se escuchaba radiantemente la voz de una mujer hablando por teléfono a su máxima velocidad y con bastante efusión.
- ¿Qué? Claro que sí, pero no importa. Todos los años hacemos lo mismo. Siempre lo comprarán. – continuó hablando dicha mujer, pero solo se oye su fuerte voz, más no lo que dice su interlocutor.
- Este mes obtendré ciento sesenta por ciento sobre la meta que me pusieron en el segundo trimestre pero, estamos a un “pelín” de lograr el ochenta por ciento sobre los resultados del año pasado. – comentaba la señora.
- Obvio que voy a pedir un aumento. ¡Estos resultados no te los consigue nadie!
- Lo sé, soy lo máximo. «Alboroto el gallinero» en toda la ciudad. – pronunciaba soberbiamente.
- Pero con calma mi preciosa. ¡Tú también lo eres! – se reía en tono un poco burlesco.
- Lo vas a lograr, trata de imitarme. Tienes que hacer esto… – continuaba la conversación.
Desde el jardín se escuchan unos gritos:
- ¡Amor! ¡Mira cómo van creciendo mis hortalizas! – Habló el esposo.
- ¡Corta por donde yo te he dicho animal! – Y a la par, tenía tiempo para llamarle la atención al jardinero.
La extravagante mujer caminaba al jardín para ver a su esposo mientras requintaba:
- ¡Qué bruta es esta mujer! Tengo que decirle todo lo que tiene que hacer. No creo que logre alcanzarme. – mientras daba un pequeño y satisfactorio suspiro al saber que nunca la alcanzarían.
- ¡Qué lindas están quedando tus flores, amor! –exclamo la reina en ventas de todo Bogotá.
- No olvides que tienes que ver mis muebles, llevar el Mercedes al taller, pagar la tarjeta de crédito, recoger mi abrigo, sacar a los cachorros, pagarle al jardinero, ver los muebles nuevos, etc. – daba una lista interminable de tareas que tenía que realizar el esposo en el día. Como si de un «Boy Scout» se tratara.
Aunque él hacía las tareas a regañadientes, sabía que tenía que mantener contenta a su fuente de dinero. Muy de vez en cuando se preguntaba si era esposo o mayordomo, quien se había casado con ella. Aunque ese pensamiento pasaba por su cabeza más rápido que la máxima velocidad que podría dar esa lujosa camioneta Mercedes del año, valorizada en más de doscientos cincuenta mil dólares.
Esta mujer se dirige a su habitación rápidamente con la intención de ponerse una bata para bañarse ya que consideraba que, debía darse un salto por las oficinas de su empresa, aunque sea para saludar a su jefe.
Abriendo la puerta y pasando a su habitación choca intempestivamente con la esquina de una mesa de noche pequeña con cajoneras. De repente, por el impacto del accidente, el primer cajón se ve forzado a abrirse y una pequeña y vieja imagen, más pequeña que una postal, se vislumbra por la abertura del cajón. Esta exitosa mujer de negocios logra comprimir sus pupilas para ver una pequeña parte de la imagen por lo que se olvida del dolor en la pierna.
Se sienta en el piso alfombrado, abre el cajón completamente y levanta la fotografía. En esa imagen solo se podía ver a una mujer joven y delgada, de aspecto humilde, vestida con un polo blanco grande y un jean, sentada en el piso con dos niños. Uno a cada lado, pero esbozando una sonrisa genuina y transparente.
Esa imagen transmitía una ternura que solo proviene de un amor puro y sincero, como cuando sabes que la felicidad es algo que nace de tu interior y lo transmites a dos pequeñas criaturas. Dos niños que compartieron contigo años de plena dependencia y devoción hacia su heroína. Una imagen que estuvo escondida tras varios años en ese cajón, tal vez incómoda para una pareja solitaria, llena de lujos y caprichos. Sin embargo, esta mujer no sintió que las lágrimas corrían por sus mejillas hasta que las vio caer en la alfombra, mojando su hermoso piso, arruinando el decorado del suelo.

