La Realidad Egoísta (1)

La Realidad Egoísta (1)

La habitación opaca de una sala de emergencias en un hospital. El silencio reinando por los pasillos y las palabras de un llanto amargo e impotente de una primogenitora se escuchan a través de la puerta, donde a su vez ella le dice a su hijo de manera susurrante «perdóname», «lo siento», «pude hacerlo mejor». Palabras de un iracundo arrepentimiento atormentan la mente de esta señora mientras ve a su hijo postrado en esta cama dentro de la opaca habitación de la zona de emergencia del hospital «El Bendito Socorro». El esposo solo emite lágrimas insonoras en la esquina de este cuarto mientras ve a su cónyuge de rodillas, a los pies de la cama, lamentando la muerte de su primogénito.

Esta empoderada mujer de negocios, «exitosa». Marcaba, contestaba y colgaba llamadas telefónicas de par en par con su moderno celular de gama alta. Hablaba con las personas mas extrañas, incógnitas, ocultas, imperecederas y efímeras de la empresa como si fueran sus mejores amigos/as. Como si se conocieran años de años y hubieran estrechado relaciones tan sólidas que la vida les dio el privilegio de conocerse y trabajar juntas. Cerraba ventas por aquí y hacía negocios por allá. ¡No había quien la detuviera! Apasionada por su trabajo, adicta como solo ella sabía ser.

Mientras tanto, el esposo feliz en casa viendo como las arcas se iban llenando cada vez más en vuestro hogar, sin problema alguno, tomando una copa de vino, vislumbrando el verde paisaje que revelaba el hermoso atardecer de la zona más exclusiva de Bogotá.

Ambos estaban viviendo el «Sueño Americano» en su pequeño palacio. En una jaula de oro con la cual habían soñado desde que se conocieron.

Pistas rotas llenas de hoyos creados por los ladrones de autos. Aceras sucias donde el orín emanaba un fuerte y ácido olor y un burdel clandestino en la esquina colindante a la avenida principal, activo a partir de las ocho de la noche. Paredes llenas de grafitis y una que otra descascarada por la antigüedad. Irónicamente un letrero colocado por los vecinos de antaño se había erguido a la entrada de aquella calle diciendo: «La ciudad más alegre de Cuba».

José era un muchacho inocente, de perfil sumiso y semblante caído. Miraba de reojo cuando algo le parecía interesante pero era de buen corazón. Estudiaba en las noches economía en la Real Universidad Católica de Cuba, ya que él creía que la pobreza se debía atacar de frente y con la armadura bien puesta, y trabajaba en las mañanas siendo mesero en el “Rincón de Célia”, un acogedor y pequeño restaurante de menús, comida casera, rápida y económica para los obreros que vivían o iban a saciar el hambre cerca a su barrio, antes de ver si podían saciar la carne en el burdel. Siempre veía la manera de cargar con la responsabilidad que le fue impuesta ¿Por el destino? ¿Los dioses? ¿El azar?. No, impuesta por sus padres. Algo que claramente él no podía controlar a esa edad.

Esaú, aunque más joven, era más activo, orgulloso, de carácter tozudo y sin pelos en la lengua. Él solo miraba cuando veía que podía sacar provecho de alguna situación, sabía hasta qué punto podía convencer y en otros casos manipular a las personas. No tenía temor de nada y vivía con la ilusión de que su suerte algún día cambiaría – similar a la canción de Héctor Lavoe.

José sabía que, en el fondo de su corazón, Esaú, esperaba ansiosamente que sus padres llegaran y les dieran una vida de lujos y placeres. Una vida elegante. O, por lo menos, una vida con amor.

Memorias de un obrero.

Calor abunda,
sobre mi cabeza amarilla.
Herramientas en mano,
como hierba a la pampa.

No hay tiempo para el descanso,
No hay descanso para mi pago.

Cargando desmonte,
encajando ladrillos,
como si de un "Lego" se tratara.

Preparando la tierra y el cemento,
o reparando maquinas
mis energías no acaban.


Construyo puentes,
siembro caminos.
Infraestructura llevo,
a desiertos sin nada.

Y es que en la mina más profunda
o en el edificio más alto
obreros de pura sangre,
no tienen miedo al desgano.

La necesidad mata el hambre,
mi urgencia es la obra
.
Llevar comida a mi familia,
salud y bienestar.

¡Alimento a la olla!

La ciudad me agradece, 
también me desprecia.
En el tercer mundo las leyes perecen,
no se respetan.

Hombres de terno y corbata
vienen y compran,
me dicen: trabaja feliz, 
pero a la vez, mi capataz me ahorca
.

¡Adelante Hermanos!
Cimientos ponemos a una ciudad,
barrios pobres o urbes bonitas,
parques, casas y empresas
es el regalo a mis manos callosas.

¡Sigamos Adelante!
¡No nos quejemos!

Pues las oportunidades se agotan,
 y los obreros tozudos,
 
nacimos creando obras.

Esperamos se formen los cimientos de esta ciudad,
pueblo campesino o residencial principal.

Quiero ver niños jugando
,
quiero un futuro sembrar.
Creo que un día el gobierno
a buenas manos ha de llegar.
Poder ver que las leyes mejoran
que mi familia tiene una mejor calidad,
gracias a ese niño instruido
que en mis obras yo veo jugar.

Sus padres le enseñan
que no hace falta estudios superiores.


Respetar es su mejor contribución,
Pensar en todas las clases
son sus mejores valores.

El beneficio de un buen gobierno
no es enriquecer a un grupo de la sociedad
sino es darle a todos
 una oportunidad de crecer,
de poderse superar.