They pressed their palms to mine that morning,
warm and certain, fingers laced.
They spoke my name like a warning's opposite—
like something they were honored to taste.
I believed the architecture of their hands,
the way they fit so perfectly around my own.
By noon, the same palms were turned outward,
a wall of flesh between us.
Not pushing—just no longer reaching.
I watched them fold into pockets,
curl around coffee cups,
find other shoulders to grace.
By evening, those palms had learned new verbs:
to dismiss, to diminish, to deny.
The hands that had mapped my spine
now gestured vaguely in my direction
as if pointing at a stranger
across a crowded room.
How quickly the body forgets its own geography.
How swiftly warmth becomes a rumor.
Now I understand—
some people love with their palms open
only until they need to make a fist.
And the day turns, as it always does,
from holding to hollow,
from touch to testimony
of how easily we are put down
by the very hands
that once swore they would hold us up.
Apretaron sus palmas contra las mías esa mañana,
cálidas y seguras, los dedos entrelazados.
Dijeron mi nombre como el opuesto de un presagio—
como algo que se sentían honrados de saborear.
Creí en la arquitectura de sus manos,
en cómo encajaban perfectamente con las mías.
Para el mediodía, esas mismas palmas estaban vueltas hacia afuera,
un muro de carne entre nosotros.
No empujando—solo que ya no alcanzaban.
Las vi meterse en bolsillos,
enrollarse alrededor de tazas de café,
encontrar otros hombros que adornar.
Para la tarde, esas palmas habían aprendido nuevos verbos:
descartar, disminuir, negar.
Las manos que habían recorrido mi espalda
ahora gesticulaban vagamente en mi dirección
como si señalaran a un extraño
al otro lado de una habitación llena de gente.
Qué rápido olvida el cuerpo su propia geografía.
Qué pronto se vuelve rumor el calor.
Ahora entiendo—
algunas personas aman con las palmas abiertas
solo hasta que necesitan hacer un puño.
Y el día gira, como siempre,
de sostener a vacío,
de tacto a testimonio
de qué fácil somos dejados caer
por las mismas manos
que una vez juraron sostenemos en alto.