Nos sentamos en extremos, de una mesa de madera vieja,
tú con tus silencios, yo con mis tormentas
de palabras que nunca dicen lo que deben,
de gestos que olvidaron ser caricia.
Te señalo cada grieta en tu armadura
—lo hago sin pensar, como un vicio—
pero cuando ganas, cuando brillas,
mi lengua se vuelve un nudo,
mi aplauso duerme en un cajón sin llave,
sabiendo que debí abrirlo.
Tampoco tú, sabes leer mis batallas,
las guerras pequeñas que libro cada día,
solo para traerte un poco de calma.
No veo el peso de tu ofrenda,
como tú no ves el peso de la mía.
Y es curioso:
lo que para mí es montaña,
para ti es llanura.
Lo que tú cargas como un mundo,
yo lo rozo sin darme cuenta.
Así seguimos,
dos torpes e inmaduros,
llevando libros distintos:
tú anotas mis ausencias,
yo subrayo tus olvidos.
Ninguno suma lo que el otro ha dado.
Ninguno suma el sacrificio otorgado.
Quizás el amor sea esto también:
un antiguo trueque fallido,
donde cada quien valora
con balanzas desniveladas,
con monedas que el otro no acepta.
Y mientras nos insultamos sin vernos,
seguimos sentados en la misma mesa,
sin saber que los dos valemos,
pero no sabemos, lo que el otro pesa.